El adivino

Recopilado por Afanasiev

Era un campesino pobre y muy astuto apodado Escarabajo, que quería

adquirir fama de adivino.

Un día robó una sábana a una mujer, la escondió en un montón de paja y

se empezó a alabar diciendo que estaba en su poder el adivinarlo todo. La

mujer lo oyó y vino a él pidiéndole que adivinase dónde estaba su

sábana. El campesino le preguntó:

-¿Y qué me darás por mi trabajo?

-Un pud de harina y una libra de manteca.

-Está bien.

Se puso a hacer como que meditaba, y luego le indicó el sitio donde

estaba escondida la sábana.

Dos o tres días después desapareció un caballo que pertenecía a uno de

los más ricos propietarios del pueblo. Era Escarabajo quien lo había

robado y conducido al bosque, donde lo había atado a un árbol.

El señor mandó llamar al adivino, y éste, imitando los gestos y

procedimientos de un verdadero mago, le dijo:

-Envía tus criados al bosque; allí está tu caballo atado a un árbol.

Fueron al bosque, encontraron el caballo, y el contento propietario dio al

campesino cien rublos. Desde entonces creció su fama, extendiéndose

por todo el país.

Por desgracia, ocurrió que al zar se le perdió su anillo nupcial, y por más

que lo buscaron por todas partes no lo pudieron encontrar.

Entonces el zar mandó llamar al adivino, dando orden de que lo trajesen

a su palacio lo más pronto posible. Los mensajeros, llegados al pueblo,

cogieron al campesino, lo sentaron en un coche y lo llevaron a la capital.

Escarabajo, con gran miedo, pensaba así:

«Ha llegado la hora de mi perdición. ¿Cómo podré adivinar dónde está el

anillo? Se encolerizará el zar y me expulsarán del país o mandará que me

maten.»

Lo llevaron ante el zar, y éste le dijo:

-¡Hola, amigo! Si adivinas dónde se halla mi anillo te recompensaré bien;

pero si no haré que te corten la cabeza.

Y ordenó que lo encerrasen en una habitación separada, diciendo a sus

servidores:

-Que le dejen solo para que medite toda la noche y me dé la contestación

mañana temprano.

Lo llevaron a una habitación y lo dejaron allí solo.

El campesino se sentó en una silla y pensó para sus adentros: «¿Qué

contestación daré al zar? Será mejor que espere la llegada de la noche y

me escape; apenas los gallos canten tres veces huiré de aquí.»

El anillo del zar había sido robado por tres servidores de palacio; el uno

era lacayo, el otro cocinero y el tercero cochero. Hablaron los tres entre

sí, diciendo:

-¿Qué haremos? Si este adivino sabe que somos nosotros los que hemos

robado el anillo, nos condenarán a muerte. Lo mejor será ir a escuchar a

la puerta de su habitación; si no dice nada, tampoco lo diremos nosotros;

pero si nos reconoce por ladrones, no hay más remedio que rogarle que

no nos denuncie al zar.

Así lo acordaron, y el lacayo se fue a escuchar a la puerta. De pronto se

oyó por primera vez el canto del gallo, y el campesino exclamó:

-¡Gracias a Dios! Ya está uno; hay que esperar a los otros dos.

Al lacayo se le paralizó el corazón de miedo. Acudió a sus compañeros,

diciéndoles:

-¡Oh amigos, me ha reconocido! Apenas me acerqué a la puerta,

exclamó: «Ya está uno; hay que esperar a los otros dos.»

-Espera, ahora iré yo -dijo el cochero; y se fue a escuchar a la puerta.

En aquel momento los gallos cantaron por segunda vez, y el campesino

dijo:

-¡Gracias a Dios! Ya están dos; hay que esperar sólo al tercero.

El cochero llegó junto a sus compañeros y les dijo:

-¡Oh amigos, también me ha reconocido!

Entonces el cocinero les propuso:

-Si me reconoce también, iremos todos, nos echaremos a sus pies y le

rogaremos que no nos denuncie y no cause nuestra perdición.

Los tres se dirigieron hacia la habitación, y el cocinero se acercó a la

puerta para escuchar. De pronto cantaron los gallos por tercera vez, y el

campesino, persignándose, exclamó:

-¡Gracias a Dios! ¡Ya están los tres!

Y se lanzó hacia la puerta con la intención de huir del palacio; pero los

ladrones salieron a su encuentro y se echaron a sus plantas, suplicándole:

-Nuestras vidas están en tus manos. No nos pierdas; no nos denuncies al

zar. Aquí tienes el anillo.

-Bueno; por esta vez los perdono -contestó el adivino.

Tomó el anillo, levantó una plancha del suelo y lo escondió debajo.

Por la mañana el zar, despertándose, hizo venir al adivino y le preguntó:

-¿Has pensado bastante?

-Sí, y ya sé dónde se halla el anillo. Se te ha caído, y rodando se ha

metido debajo de esta plancha.

Quitaron la plancha y sacaron de allí el anillo. El zar recompensó

generosamente a nuestro adivino, ordenó que le diesen de comer y beber

y se fue a dar una vuelta por el jardín.

Cuando el zar paseaba por una vereda, vio un escarabajo, lo cogió y

volvió a palacio.

-Oye -dijo a Escarabajo-: si eres adivino, tienes que adivinar qué es lo

que tengo encerrado en mi puño.

El campesino se asustó y murmuró entre dientes:

-Escarabajo, ahora sí que estás cogido por la mano poderosa del zar.

-¡Es verdad! ¡Has acertado! -exclamó el zar.

Y dándole aún más dinero lo dejó irse a su casa colmado de honores.

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