Aracne, la tejedora

Se cuenta que Minerva, la diosa de la sabiduría, era capaz de bordar y fabricar telas como nadie. Esta es una historia que tuvo como protagonistas  a esta diosa y a la bella Aracne.

Aracne era la hija de un modesto comerciante de la ciudad de Lidia. Era reconocida por su habilidad como tejedora de tapices, y se decía que era, en ello, la mejor. Era tal su esmero, y tanta la perfección de sus labores, que hombres y mujeres llegaban desde las ciudades más lejanas para admirar los paños que salían de sus manos.

- ¿Acaso ha sido la misma Minerva la que te ha enseñado cómo realizar estas bellezas? – le preguntaban asombrados.

Pero la joven, que era tan vanidosa como bonita, se irritaba al escuchar aquello.

- ¡De ninguna manera! Nadie me ha enseñado, todo es mérito mío. He aprendido sola. Y creo que no existe dios ni hombre en la tierra que sea mejor que yo en esta labor. Ni siquiera Minerva.

Tanto habló y se elogió a sí misma, que la fama de su soberbia y de su destreza llegó a oídos de la diosa.

- ¿Cómo es esa Aracne de la que tanto se habla? – preguntó.

Mortales y dioses se la describieron con tanta admiración que Minerva sintió deseos de conocerla. Con el aspecto de una inocente anciana, se presentó ante ella justo cuando la joven exhibía algunos de sus trabajos.

- ¡Qué tapiz tan bello! – dijo con voz quebrada – Nunca vi una trama y unos colores más primorosos. ¡Parece obra de la diosa Minerva!

- ¡Otra vez con eso! – protestó Aracne – Ya querría ver yo si ella puede lograr las texturas y las gamas que tienen mis trabajos.

Minerva clavó sus ojos amarillos en el rostro de la joven.

- Me parece, jovencita – dijo con tono conciliador – que a tus frases les sobra impertinencia y les falta consideración. Las laboras son excelentes, pero bien puedes aprender un poco de modestia. No debes hablar de esa forma sobre los dioses.

Sus palabras, sin embargo, lograron el efecto contrario al deseado.  La joven tejedora, lejos de moderar su actitud, comenzó a insultar tanto a la anciana como a la diosa.  Al fin, la paciencia de Minerva se agotó. Dejó caer el manto que la cubría y apareció ante Aracne con su verdadera identidad.

- Te prepongo, arrogante Aracne, que hagas el más bello tapiz que hayas hecho hasta el momento. Yo, por mi parte, también haré uno; y entonces veremos quién es la mejor.

Sin dudarlo siquiera, la joven aceptó el desafío, y esa misma tarde ambas comenzaron a tejer y a bordar. Quienes las observaban se sorprendían al ver con qué acierto los dedos de una y otra diseñaban figuras y ordenaban los hilos de seda. Diosa y mujer trabajaron sin descanso desde la mañana hasta la noche. Hasta el arcoíris se asomó, para que las tejedoras pudieran inspirarse en sus tonalidades.

Cuando estuvieron terminados, ambas mostraron sus trabajos. El de Minerva era una obra tan vaporosa como la espuma, donde se veía a los dioses en todo su esplendor, exhibiendo su fuerza y su poder. Era realmente deslumbrante.  La joven, por su parte, presentó un tapiz en cuyo centro se veían las figuras de los dioses en actitudes egoístas y ridículas. Sin embargo, tenía una delicadeza tal, que no podía compararse con nada de este mundo. Brillaba aún más que el sol. Todos los presentes coincidieron en que la obra de la mujer era inigualable, y superaba a la de la diosa.

Cuando vio el tapiz de su rival, Minerva ardió de rabia por verse derrotada y burlada. Entonces, tomó su lanza que descansaba a un costado, y descargó toda su furia en el trabajo de la insolente muchacha. Lo desgarró por completo.

Humillada por la diosa, Aracne exclamó:

- Juro que nunca más volveré a tejer.

Ciega de soberbia, la joven dio la espalda a los presentes y a la diosa, y comenzó a alejarse. No hubo quién pudiera convencerla de que no se fuera. Minerva, apiadándose del padre de la muchacha le dijo:

- Veo que no has aprendido la lección, pero ya lo harás algún día. No debes abandonar a tu padre ni dejar de trabajar.

Pero, al ver el gesto insolente de la joven, la diosa volvió a enfurecerse y, sin darle tiempo a hablar, la convirtió en araña. El padre, desesperado, la tomó en sus manos y la puso a salvo dentro de su casa. Hay quienes cuentan que todavía está allí, tejiendo y tejiendo sin detenerse.

Se sugiere ver: La araña

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