El cerdo encantado

Ocurrió una vez lo que jamás ocurriera. Un emperador tuvo que marchar a la guerra; antes llamó a sus tres hijas y les dijo:

- Me veo obligado a ir a la guerra, mis queridas hijas. El enemigo viene hacia aquí con todas sus huestes. Con gran pesar me separo de vosotras. En mi ausencia tened cuidado en ser buenas y juiciosas, velando por el buen gobierno de nuestra casa. Podéis pasear libremente por todos los aposentos del palacio de los cuales os dejo las llaves; sólo en la habitación del fondo os prohíbo entrar y si me desobedecéis, tendréis que arrepentiros. Podéis pasear, también, por todos los jardines sin restricción alguna.

- Descuida, padre - le dijeron sus hijas - No te desobedeceremos. Te esperaremos rogando para que vuelvas pronto victorioso.

Los primeros días, al verse solas, los pasaron con gran tristeza. Luego, para olvidar, decidieron que pasarían una parte del día leyendo, otra trabajando en sus labores y la tercera parte paseándose por los jardines.

Hiciéronlo así y todo andaba a maravilla. Hasta que el demonio, envidioso, intervino.

- Hermanitas - dijo la hermana mayor, - todo el día estamos trabajando, bordando, cosiendo o leyendo. No hay rincón del jardín que no hayamos explorado. Hemos entrado en todas las habitaciones de nuestro padre y hemos visto todos sus tesoros. Sólo nos falta ver la estancia prohibida. ¿No sentís curiosidad por averiguar lo que encierra?

- Estoy asombrada, hermana - contestó la más pequeña - de que tengas tal ocurrencia. ¿Cómo puedes aconsejamos desoír la orden de nuestro padre?

- Quizá no lo sepa nuestro padre si le hemos desobedecido - replicó la segunda.

Les había picado ya, sin remedio, el aguijón de la curiosidad y convenciéndose mutuamente los débiles reparos que les quedaban, llegaron delante de la estancia prohibida. La hermana mayor metió la llave en la cerradura e inmediatamente la puerta se abrió.

Grande fue su asombro cuando vieron que no había nada en la habitación. Sólo una gran alfombra y sobre ella un gran libro. Impacientes por saber lo que diría el libro, se acercaron, lo abrieron, y la mayor leyó:

“La mayor de las hijas de este emperador casará con el hijo de un emperador del Este”.

La hija segunda se acercó también, y leyó:

“La segunda hija casará con el hijo de un emperador de Poniente”.

Las dos hermanas se rieron y se alegraron de estas predicciones. La más pequeña no quería acercarse al libro. Pero sus hermanas la instaban a que lo hiciera y no tuvo más remedio que acercarse, leyendo:

“La más pequeña de las hijas de este emperador se casará con un cerdo”.

Un rayo, cayendo del cielo, no la hubiera herido peor que esta predicción. Por poco se muere, y si no llegan a sostenerla sus hermanas, se hubiera desplomado al suelo.

Al volver en sí intentaron apaciguarla.

- ¿Cómo se te ocurre pensar que pueda ser verdad eso? le dijeron -. ¿Quién ha visto jamás una hija de emperador casada con un cerdo?

La chiquilla hubiera querido creer lo que la decían sus hermanas, pero la pena la agobiaba. Además, estaba inquieta por haber desobedecido el mandato de su padre. Empezó a enfermar, y en algunas semanas se volvió tan flaca, tan pálida, que casi no la podían reconocer. Ya no tenía ganas de coger flores con sus hermanas por los jardines o de cantar acompañando su labor.

Entretanto, el padre de las chicas había vencido al enemigo y regresaba alegre y victorioso. Todo el país se sentía feliz por tan buenas nuevas. El emperador también se sintió satisfecho al ver sanas y contentas a sus hijas. La pequeña hizo todo lo que pudo para que su padre no la viera triste.

No obstante no pasó mucho tiempo sin que se diera cuenta el emperador de que su hija pequeña había enflaquecido y que ya no tenía la alegría de antaño.

Le pasó por la imaginación que pudieron haberle desobedecido y ser eso la causa. Las llamó a todas y las interrogó, confesando ellas rápidamente. Tuvo un gran disgusto al comprobar el poco caso que habían hecho de sus advertencias. Su único afán consistió entonces en apaciguar el alma de la pequeña.

Transcurrieron algunos años. Un día llegó el hijo de un emperador del Este y pidió en casamiento a la hija mayor. El padre se alegró y le concedió la hija. Hicieron una boda riquísima, con gran boato, acompañando luego a su hija y a su yerno, seguido de un gran cortejo, hasta la frontera. Igual cosa aconteció con la segunda hermana.

La más pequeña de las tres, viendo que las predicciones del libro se cumplían implacablemente, se entristecía cada día más. Ya no quería ni comer, ni vestirse con sus hermosos trajes de finos bordados. Prefería morirse antes que llegar a ser la risa de la gente. Inútil fue que su padre tratara de calmarla con atinados juicios y palabras cariñosas.

Pasaron muchos días más, hasta que una mañana se presentó en el palacio un cerdo.

- He venido para pedir a tu hija en casamiento - exclamó dirigiéndose al emperador.

Este se extrañó sobremanera oyendo tales palabras en boca de un cerdo, y pensó que no podía ser cosa natural. Quiso rechazarlo, pero alguien le dijo al oído que había en el país una verdadera invasión de cerdos que formaban parte del séquito del pretendiente; vióse perdido y no tuvo más remedio que consentir.

Mientras tanto el emperador aconsejó a su hija que se sometiera a su destino, ya que así lo había decidido su suerte. Luego le dijo:

- Hijita mía, las palabras y los ademanes de este cerdo me hacen pensar que no es un animal verdadero. Creo que está hechizado. Pero tú atiéndelo con cariño y ten paciencia, pues Dios no tiene por qué castigarte largo tiempo.

- Si tú lo dices, padre -le contestó ella-, te escucharé y pondré mi fe y mi esperanza en Dios. Aceptaré lo que El disponga de mí.

Llegó, entre tanto, el día de la boda, que se hizo en la más estricta intimidad para evitar la murmuración de la gente, dadas las especiales circunstancias de la misma.

Marcharon luego hacia la casa del yerno; iban en una carroza imperial que les había regalado el padre de la novia. Pero en el camino, viendo un pantano lleno de barro, el cerdo se apeó y se bañó gustosísimo, subiendo después otra vez a la carroza al lado de la princesa y pidiéndole que lo besara. Recordó ella los consejos de su padre, sacó uno de sus pañuelitos finos, le limpió un poco el hocico del barro que le quedara y lo besó.

La casa donde habitaba el cerdo era una extensa selva. Al llegar allí, una enorme piara de cerdos fue a recibirles. Luego les sirvieron una opípara cena y, como era de noche, se acostaron.

Durante la noche, la hija del emperador notó que al lado de ella dormía un hombre y no un cerdo. Se extrañó, pero recordando los consejos de su padre empezó a tener un poco de esperanza en la misericordia de Dios.

El cerdo, por la noche, sin que lo advirtiera su esposa, se desvestía de su piel, y por la mañana, volvía a ponérsela.

Días después, ella se maravillaba de que su marido fuese hombre de noche y cerdo de día. Parecía cosa de encantamiento. Luego empezó a encariñarse con él, sobre todo sintiendo que pronto tendría fruto este casamiento. Sólo la inquietaba el pensar cómo sería el hijo que naciera.

Un buen día pasó por allí una vieja hechicera. La llamó, contándole sus cuitas. Y ésta le dijo que podía hacer y deshacer encantamientos, que tenía hierbas para curar enfermedades y que si quería, la ayudaría.

- Te quedaré reconocida toda la vida -le dijo la princesa -, si conviertes a mi marido en hombre tanto de noche como de día.

- Nada más fácil - le contestó la bruja.

- Toma este hilo. Atalo mientras él duerme, a su pie, y cuando despierte se quedará en hombre para siempre. Pero no le hables de ello, pues si lo haces, de nada te servirían mis hechizos.

Y se marchó sin querer aceptar nada en pago.

Aquella noche la princesa se levantó procurando no hacer ruido y con mucha cautela intentó atar con aquel hilo el pie de su esposo, pero al hacer el nudo, éste despertó.

- ¿Qué estás haciendo, desgraciada? - exclamó él -. Sólo me faltaban tres días para escapar de este encantamiento que me convierte en bestia, y ahora, por tu falta de paciencia, quién sabe cuánto tiempo tendré que seguir llevando esta piel. Ahora mismo me voy y no me vuelvas a ver hasta que hayas roto tres pares de zapatos con suela de hierro, buscándome por el mundo.

La infeliz princesa, al verse sola y abandonada, lloraba amargamente. Maldijo a la hechicera que la había engañado, y como su única esperanza consistía en buscar a su esposo por los caminos del mundo, tomó heroicamente esta resolución.

Llegó un día a una casa en la cual moraba la diosa Luna. Esta la recibió muy bien y la cuidó amorosamente. Allí nació un niño hermosísimo. La pobre madre, loca de alegría, daba gracias al cielo por aquel don que le otorgaba y al mismo tiempo se condolía porque su esposo no podía participar de su gozo.

Rogó a la Luna que le aconsejara en su tribulación. Y la diosa, por toda respuesta, le dio una gallina para que le sirviera de sustento en su incesante caminar, diciéndole que tuviera buen cuidado en guardar todos los huesos, pues los necesitaría más adelante.

Se despidió de ella y siguió marchando por montes y valles con su hijo en brazos.

Ya había roto los tres pares de zapatos con suela de hierro, y, a la sazón, andaba descalza, con los pies doloridos y sangrantes.

Entró en una gran selva; en ella presintió que debía vivir su marido, según indicios que le diera la diosa Luna.

Tres días y tres noches anduvo por la selva buscándolo. Pero nada veía y las fuerzas la abandonaban. Buscó más todavía, y, de repente, dio con un espesor de hojas y ramas entretejidas, lo rodeó varias veces intentando hallar la entrada, pero no la tenía. Tampoco halló la manera de encaramarse a lo alto. De pronto, le vino a la mente el consejo de la diosa Luna. ¿Sería para esta ocasión que le encargó guardar tan cuidadosamente los huesos de la gallina? ¿Acaso para construir con ellos una escalera?

Como lo pensó lo hizo. Los cogió uno a uno, los fue juntando y conforme los unía, quedaban pegados, llegando a formar una escalera alta y fuerte. La apoyó en las ramas y subió por ella con su hijito en los brazos. Allá arriba se encontró con una estancia rústica, pero bastante bien cuidada, insospechada en aquel lugar salvaje y lejano.

Cuando regresó el dueño de la cabaña, que no era otro que el marido de la princesa, aquel cerdo convertido definitivamente en hombre, al ver la escalera se asustó, pensando en otros posibles hechizos. Su intención primera fue volverse. Pero Dios tuvo compasión de él, e hizo que subiera. Lo primero que vio en el aposento fue a su mujer, a quien reconoció inmediatamente, con un hermoso niño en brazos.

Quiso precipitarse hacia ellos para abrazarlos, pero se contuvo, pensando que su mujer no lo conocía en su forma actual. Ella se sobresaltó al verlo, ignorando quién pudiera ser. Para acabar con aquellos momentos embarazosos, dióse él a conocer, arrojándose al punto uno en brazos del otro, estrechándose fuertemente, sin siquiera hablar por impedírselo la emoción que les dominaba.

Después, serenados ya, empezaron a contarse sus cuitas; ella, el largo camino doloroso que tuvo que hacer para poder encontrarlo, y él relató su historia de la siguiente manera:

- Soy hijo de un emperador. En una guerra que mi padre tuvo con unos hechiceros muy malvados, yo maté a uno de sus hijos a quien estabas tú destinada por esposa. Entonces, su madre, para vengarlo, me hechizó, poniéndome esa piel de cerdo encima para que yo no lograra casarme contigo. Dios me protegió, sin embargo, y lo conseguí. Ella era la hechicera que te dio el hilo con el cual quisiste atarme el pie. Ahora que los dos ya hemos sufrido bastante y estamos reunidos de nuevo, acompañados de nuestro tierno hijo, demos gracias al Señor y volvámonos a nuestra casa.

Se fueron, pues, primero a ver al padre del esposo, el cual se alegró muchísimo de verlo otra vez.

Luego se fueron a casa del emperador, padre de la esposa y éste, por poco se vuelve loco de felicidad viendo que su hija tenía un real mozo por marido.

El viejo emperador convencióles de que se quedaran con él y les dejó su trono, viviendo muchos años en paz y dicha.

- Ves, hija mía, como yo tenía razón  - le decía su padre - cuando te hablaba de que no era posible que fuese un animal verdadero aquel que te pidió por esposa. ¡Qué bien hiciste, hija mía, en escucharme!

Y aquella familia tan unida reinó largos y felices años sobre su imperio.

 

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