Dzom, el gigante

Hace mucho tiempo, los pigmeos habitaban el maravilloso país de Khum. Vivían dichosos en esa región donde el sol brillaba durante todo el día y donde caza y pesca abundaban en los bosques y los ríos.

Un día ocurrió que Dzom, el gigante, llegó a sus tierras. Era enorme, más grande que cuatro personas de pie, unas sobre otras, y podía devorar un hombre entero de un solo bocado. Comía muchos, porque tenía tres cabezas, dos de las cuales solo presentaban un ojo en medio de la frente. Además, Dzom tenía seis manos. Dos de ellas llevaban inmensos garrotes, hechos con troncos de árbol endurecidos al fuego para hacerlos más fuertes.

Un día en que el gigante estaba profundamente dormido y roncaba tan fuerte que las hojas de los árboles temblaban, los pigmeos se acercaron a él. Cogieron redes muy sólidas, tan sólidas que ni un elefante podía romperlas, y las echaron sobre el gigante, atándolas fuertemente. Luego, entonaron un canto:

 

¡Hemos capturado al elefante,

Hemos capturado al cerdo!

¡Ha caído en la trampa!

Qué más queremos…

Llamad a los niños

Que vengan a matarlo

Llamad a las mujeres

Para descuartizarlo

Encended el fuego

Para asarlo

¡Hemos capturado al elefante,

Hemos capturado al cerdo!

¡Ha caído en la trampa!

Qué más queremos…

 

En ese momento, el gigante se despertó. Dio un salto y rompió las redes en un arranque feroz. Luego cogió los garrotes y los agitó en el aire en todos los sentidos. Las cabezas crujían como cáscaras de huevo a casa golpe.

De los que estaban más cerca, ninguno sobrevivió. De los que lo intentaron, sólo algunos pudieron escapar.

¿A cuántas personas mató Dzom, el gigante? Contad los pájaros que vuelan en el cielo, contad las mariposas que revolotean de flor en flor, contad los peces que nadan en el río. ¿A cuántas personas mató Dzom, el gigante? Nadie puede decirlo, pero las mujeres lloraron y se lamentaron, desgarrando el aire con sus gritos.

Los que estaban tumbados en el suelo, muertos o vivos fingiéndose muertos, fueron devorados por Dzom como ranas por un cocodrilo. Comió más en un solo día, que lo que comía en semanas.

Los que lograron huir, abandonaron por siempre el maravilloso país de Khum, donde el sol brillaba durante todo el día y donde caza y pesca abundaban en los bosques y los ríos.

Se sugiere ver: Los enormes hombres negros

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