El rosal

Hace muchos, muchos años, en los días en que uno tenía que tener mucho cuidado con las brujas, vivía un buen hombre cuya joven esposa había muerto dejándole una niñita.

El pobre hombre sintió que solo no sería capaz de cuidar de la niña como era debido, y se casó con una mujer joven cuyo marido había muerto dejándola a ella también sola con un niño pequeñito. De esta manera, los dos niños crecieron juntos y se querían el uno al otro muchísimo, muchísimo.

Pero la madre del muchacho era en realidad una mujer malvada y tan celosa que quería todo el amor de su hijo para ella; y, cuando veía a la niña crecer blanquita como la nieve, con unas mejillas muy rosas y unos labios como cerezas, y cuando veía su pelo, brillante como seda dorada, colgando hasta sus pies, y cuando su padre y todos sus vecinos comenzaban a hacer alabanzas de su hermosura, la madrastra la odiaba con toda su alma y hacia todo lo posible para atormentar a la muchacha y estropear su belleza. Solía imponerle duras tareas y enviarla a hacer difíciles recados, no importaba el mal tiempo que hiciese; y, si no lograba realizarlos como ella quería, la regañaba y le pegaba con crueldad.

En un frío atardecer de invierno, en que nevaba copiosamente y cuando el rosal silvestre que había en el jardín, bajo el cual acostumbraban a jugar los niños en verano, estaba todo marchito y pelado, únicamente adornado con copos de nieve, la madrastra le dijo a la muchachita:

- ¡Niña! Ve a comprarme un manojo de velas a la tienda. Aquí tienes el dinero; date prisa y no te entretengas por el camino.

La muchacha tomó el dinero y se alejó rápidamente a través de la nieve, pues ya se estaba haciendo de noche. Soplaba un viento tan fuerte que casi la levantaba del suelo y, en su carrera, su hermoso cabello se enredó completamente y casi la hizo caer. Sin embargo, tomó las velas, las pagó y emprendió el regreso a casa. Pero esta vez el viento soplaba detrás de ella y levantaba su hermoso pelo dorado por delante de su cara como una nube, de manera que no podía ver en dónde pisaba y, al llegar a la escalerilla de una cerca, tuvo que detenerse y poner el manojo de velas en el suelo para ver cómo haría para pasar. Y, justo cuando estaba trepando la cerca, un gran perro negro vino, cogió el manojo de velas con los dientes y se alejó.

La niña tenía tanto miedo de su madrastra que no se atrevía a volver a casa sin las velas, así que volvió a la tienda y compró otro manojo, pero, cuando llegó de nuevo a la cerca, volvió a ocurrir lo mismo: un gran perro negro se acercó y echó a correr con el manojo de velas en la boca. Una vez más la muchacha tuvo que volver a la tienda, en medio del viento y la nieve, y con su último penique compró otro manojo de velas. Pero todo fue en vano, porque, ¡ay!, ¡ay!, cuando puso el manojo en el suelo para retirarse el pelo de la cara y disponerse a pasar la valla, el gran perro negro volvió a apoderarse de él, alejándose carretera arriba.

Ahora ya no le quedaba dinero con el que comprar más velas y no tuvo más remedio que volver junto a su madrastra temblando de miedo. Pero, para su sorpresa, esta no pareció enfadarse demasiado. Simplemente se limitó a regañarla por llegar tan tarde, porque su padre y su compañero de juegos dormían ya.

Entonces la madrastra le dijo a la niña:

- Te voy a desenredar el pelo antes de que te vayas a dormir. Ven, pon la cabeza en mi regazo.

La niña puso la cabecita en el regazo de la madrastra y todo su hermoso pelo amarillo de seda se deslizó por las rodillas de la mujer como en cascada, llegando hasta el suelo.

Entonces, la belleza del cabello hizo que la mujer se sintiera más celosa que nunca y le dijo:

- No puedo desenredarte bien el pelo sobre las rodillas. Tráeme un leño.

La muchacha se levantó y lo trajo. Entonces la madrastra le dijo:

- Tu pelo está tan enredado que no puedo separarlo con el peine. ¡Ve y tráeme el hacha!

Y la niña fue y la trajo.

- Ahora - dijo la malvada y retorcida madrastra-, pon la cabeza sobre el leño mientras te desenredo el pelo.

Y la niña hizo lo que le pedía, sin miedo ninguno. Pero, ¡zas! la bella cabecita dorada rodó en un segundo de un solo golpe de hacha.

En realidad, la madrastra lo había planeado todo de antemano, así que cogió el cuerpo de la pobre muchachita y lo llevó al jardín; allí cavó un hoyo en la nieve debajo del rosal y dijo para sí: «Cuando venga la primavera y se derrita la nieve, si la gente encuentra sus huesos, dirán que se perdió y se quedó dormida en la nieve».

Pero, antes de enterrarla, como era una mujer maligna y medio bruja que conocía muchos conjuros y encantamientos, sacó el corazón de la pobre niñita e hizo con él dos pasteles, uno para el desayuno de su marido y el otro para su pequeño muchacho, porque así todo el amor que ellos sentían por la niña se volvería hacia ella. Sin embargo, la cosa no le salió como esperaba ya que, cuando llegó la mañana y la niña no aparecía por ninguna parte, el padre dejó a un lado su desayuno sin apenas probarlo y el muchacho lloraba tanto que no pudo comer nada.

Siguieron apenados y afligidos el resto del invierno. Y, cuando llegó la primavera y la nieve se derritió, encontraron los huesos de la pobre muchacha y dijeron:

- Seguramente se perdió aquella noche oscura yendo a la tienda por velas.

Entonces enterraron los huesos bajo el rosal de los niños y todos los días el muchachito se sentaba allí y lloraba y lloraba por su compañerita perdida.

Por fin llegó el verano y el rosal silvestre floreció. Se cubrió todo de rosas blancas y allí, entre las flores, vino a posarse un hermoso pájaro blanco. Y cantó y cantó y cantó como los ángeles del cielo; pero el niño no podía entender lo que cantaba, pues su llanto apenas le permitía ver y sus sollozos apenas le permitían oír.

Por fin, el hermoso pájaro blanco desplegó sus anchas alas blancas y voló hasta el taller del zapatero, donde un arbusto de arrayán pendía por encima del hombre y de su horma sobre la que estaba haciendo un par de zapatitos de color de rosa. Entonces, el pájaro, posándose sobre una rama, se puso a cantar:

“Mi madrastra la vida me quitó,

mi padre casi me comió;

aquel a quien yo quiero tanto

debajo se sienta, encima yo canto.

¡Palo! ¡Tronco! ¡Como la piedra, muerta! “

 

- Canta esa hermosa canción otra vez - dijo el zapatero- Es mejor que la de un ruiseñor.

- Lo haré con mucho gusto –gorjeó el pájaro - si me das esos zapatitos rosados que estás haciendo.

El zapatero se los dio gustoso y el pájaro volvió a cantar su canción. Después, con sus zapatitos rosados en una pata, voló hasta el fresno que crecía junto al taller de un orfebre y se puso a cantar.

“Mi madrastra la vida me quitó,

mi padre casi me comió;

aquel a quien yo quiero tanto

debajo se sienta, encima yo canto.

¡Palo! ¡Tronco! ¡Como la piedra, muerta!”

 

--¡Oh, qué hermosa  canción! - exclamó el orfebre- Cántala otra vez, querido pájaro. Es más dulce que la de un ruiseñor.

- Lo haré con gusto - gorjeó el pájaro blanco - si me das esa cadena de oro que estás haciendo.

El orfebre le dio gustosamente lo que pedía y el pájaro cantó su canción una vez más. Después, con sus zapatitos rosados en una patita y su cadena de oro en la otra, el pájaro voló hasta un roble cuyas ramas pendían sobre el arroyo del molino; y, al lado de este, tres molineros se afanaban tallando una piedra molar. Entonces, el pájaro blanco, posado sobre una rama, entonó su canción con más dulzura que nunca:

“Mi madrastra la vida me quitó,

mi padre casi me comió;

aquel a quien yo quiero tanto

debajo se sienta, encima yo canto.

¡Palo! ¡Tronco! ¡Como la piedra, muerta!”

Justo en ese momento uno de los molineros dejó su herramienta en el suelo y escuchó:

- ¡Tronco! - cantó el pájaro.

El segundo molinero echó a un lado su herramienta y escuchó:

- ¡Piedra! - cantó el pájaro.

Y el tercer molinero soltó su herramienta y escuchó:

- ¡Muerta! - terminó el pájaro con tanta dulzura que los tres molineros de común acuerdo miraron hacia arriba y exclamaron todos a una:

- ¡Qué hermosa canción! Cántala otra vez, querido pájaro. Es más dulce que la de un ruiseñor.

- Lo haré con gusto --respondió el pájaro-, si colgáis de mi cuello la piedra molar que estáis tallando.

Los tres molineros colgaron la piedra molar del cuello del pájaro y éste, cuando hubo terminado su canción, extendió sus anchas y blancas alas y, con la piedra molar atada al cuello, los zapatitos rosados en una patita y la cadena de oro en la otra, voló de nuevo hasta el rosal. Pero su pequeño compañero no estaba allí; estaba dentro de la casa tomándose la cena.

Entonces el pájaro voló hasta la casa y arrastró Ia piedra molar contra el alero, hasta que la madrastra dijo sobresaltada:

- ¡Escuchad cómo truena!

Y el muchacho corrió a ver y, ¡plop!, a sus pies cayeron los dos zapatitos rosados.

 

- ¡Mirad qué cosas tan bonitas nos ha traído el trueno! - gritó el muchacho.

Entonces el pájaro volvió a rozar la piedra contra el alero y de nuevo la madrastra dijo alarmada:

- ¡Oíd cómo truena!

Esta vez el padre salió a ver y, ¡plop!, la cadena de oro cayó justo alrededor de su cuello.

- ¡Es verdad! --dijo el hombre cuando volvió a la mesa ¡El trueno nos trae cosas hermosas!

Y, una vez más, el pájaro blanco golpeó el alero con la piedra molar, hasta que la madrastra volvió a exclamar llena de excitación:

- ¡Escuchad! ¡De nuevo el trueno! ¡A lo mejor esta vez trae algo para mí!

Y echó a correr hacia fuera; pero, en el mismo momento en que cruzó el umbral, ¡plaf!, la piedra molar cayó encima de su cabeza y la mató.

Y ahí se acabaron sus maldades.

Después de aquello, el muchacho fue mucho más feliz que antes, y todos los días del verano se sentaba bajo el rosal silvestre con sus zapatitos rosados y escuchaba la canción del pájaro blanco. Pero, cuando llegó otra vez el invierno y el rosal aparecía de nuevo desnudo y pelado, con los copos de nieve por únicas flores, el pájaro blanco dejó de venir y el muchacho se cansó de esperar. Hasta que, un día, murió y lo enterraron bajo el rosal silvestre al lado de su pequeña compañera.

Más tarde la primavera volvió y el rosal de nuevo se cubrió de flores, pero éstas ya no eran blancas como antes, sino que estaban ribeteadas de color rosado, como el de los zapatitos del niño; y en el centro de cada flor había un pequeño mechón de seda dorada como los cabellos de la niña.

Y si ahora contemplas un rosal silvestre, verás que todavía es así.

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