El gigante sin corazón

Había una vez un rey que tenía siete hijos. Un día los convocó y les dijo:

- Mis queridos hijos, ya soy muy viejo y me gustaría que os casarais. ld por el mundo entero y buscad esposas. Sólo me quedaré con mi hijo menor, Halvor, para que me haga compañía cuando os hayáis ido.

El caballerizo del rey eligió en las cuadras reales los seis mejores caballos y los príncipes se pusieron en camino. Al cabo de cierto tiempo llegaron a un lejano país donde reinaba un poderoso monarca. Éste tenía siete hijas bellísimas en edad de casarse. Los príncipes pidieron al monarca que les diera a sus hijas por esposas y él no se negó.

Pero los seis príncipes no habían olvidado a su hermano menor: escogieron para él a la hija más joven del poderoso soberano. Era bella y lozana como una flor de jazmín y no dudó en acompañar a sus hermanas a un país lejano donde esperaba ver al príncipe Halvor.

Para  volver a su país, los príncipes tenían que pasar cerca de una montaña muy alta que estaba habitada por un espantoso gigante. Lo encontraron y él les pidió a los príncipes que le dieran a la princesa más joven. Naturalmente, los príncipes no quisieron. Como el gigante insistía y al final quería cogerla por la fuerza, los príncipes sacaron sus espadas para defenderla. Pero el gigante hizo un gesto mágico con la mano y, de repente, princesas y príncipes quedaron petrificados.  Sólo dejó sin encantar a la princesa más joven y se la llevó a su gruta.

Durante ese tiempo el anciano rey y su hijo menor seguían esperando la llegada de los príncipes y de sus prometidas. Pasó un año: nadie; acabó el segundo año: nadie tampoco.

Entonces el príncipe Halvor decidió ir a buscar a sus hermanos. Pero el anciano rey no era de la misma opinión:

- Quédate conmigo, hijo mío. Si tú también me dejas, me quedaré solo y seré muy desdichado.

El príncipe Halvor se arrodilló ante su padre y le suplicó que le dejara marchar. Insistió tanto que al final el monarca cedió. El propio rey eligió el caballo, pero escogió a propósito uno débil y viejo. «De este modo no llegará muy lejos y pronto volverá a mi lado», pensó.

Halvor fue en busca de sus hermanos. Viajó durante muchas jornadas y, un día, llegó ante un torrente. Cuando buscaba un vado para pasar con su caballo, vio en la orilla una anguila que la corriente había lanzado fuera del agua. Rápidamente devolvió el pez a su elemento. La anguila emergió y le dijo al príncipe:

- Gracias, príncipe, acabas de salvarme la vida. Jamás olvidaré el favor que me has hecho: si me necesitas, acudiré en tu auxilio - Y desapareció en el torrente.

El príncipe siguió su camino y llegó a una llanura rocosa. Allí distinguió en medio de la llanura desierta a un buitre que intentaba volar. Pero sus esfuerzos eran vanos porque estaba debilísimo de hambre.

Halvor  tenía en el bolsillo un trocito de pan: era el último, pero, sin dudarlo, lo desmigó y se lo dio al buitre. Este se lo comió todo, luego extendió las alas y emprendió el vuelo. Sobrevoló por encima de Halvor y le dijo con una voz semejante a la de los humanos:

- Gracias, príncipe, me has salvado la vida. Jamás olvidaré el favor que me has hecho: si me necesitas, acudiré en tu auxilio.

El príncipe siguió su camino y llegó a un bosque sombrío. Mientras cruzaba unos matorrales, oyó un lamento. Se dirigió al lugar de donde procedían las quejas y llegó a un claro donde vio a un lobo delgadísimo que se moría de hambre. Estaba tan débil que ni siquiera podía levantarse.

El príncipe se apiadó de él y sacrificó su caballo. Cuando el lobo hubo comido hasta hartarse, recuperó las fuerzas, se levantó y le dijo al príncipe:

- Gracias, príncipe, por haberme salvado la vida. Para recompensarte, quiero servirte fielmente. Ahora tengo la fuerza de dos caballos. Ensíllame e iremos a buscar a tus hermanos. Sé dónde encontrarlos.

Halvor ensilló al lobo, subió a su nueva montura y partieron como una flecha. El lobo corrió a toda velocidad mucho tiempo y no se detuvo hasta que estuvieron ante una gran montaña negra.

- Ya hemos llegado - anunció el lobo al príncipe- En esta montaña vive un gigante que ha transformado a tus hermanos y a sus prometidas en estatuas de piedra. Creo que el gigante ha salido, pero seguramente encontraremos en el interior a una bella y joven princesa que es su prisionera.

El príncipe se bajó de la montura y entró en la montaña. Atravesó doce magníficas salas de un castillo subterráneo y hasta la decimotercera sala no encontró lo que buscaba.

A lo largo de una pared descubrió seis estatuas de piedra: sus desdichados hermanos. A lo largo de otra pared vio otras seis estatuas de piedra: las desdichadas prometidas de sus hermanos. Delante de las estatuas estaba de pie una joven lozana como una flor de jazmín, que lloraba silenciosamente. La muchacha era tan encantadora y tan bella que Halvor se enamoró inmediatamente de ella.

- No llores, princesa  - suplicó - Ven conmigo, te llevaré lejos del malvado gigante.

- Pero no puedo abandonar a mis hermanas petrificadas -sollozó la princesa; luego añadió, preocupada- oigo al gigante que vuelve, sálvate lo más deprisa que puedas.

- No me iré sin ti -decidió el príncipe, y sacó la espada.

Pero la princesa le retuvo diciéndole:

- Nada podrás contra él, es invulnerable porque no tiene corazón. Pero ahora, ¡escóndete aquí, deprisa, en la chimenea, y no hagas ruido!

- De acuerdo, pero no olvides preguntar al gigante dónde esconde su corazón.

Cuando el príncipe se hubo escondido en la chimenea, la tierra tembló e inmediatamente después apareció el gigante en el umbral de la puerta. Olfateó la estancia y comentó en tono receloso:

- Huelo a carne humana. ¡Dime quién está aquí!

- Nadie - respondió la princesa-. Pero, espera, ahora que me acuerdo, esta mañana una corneja ha dejado caer en la chimenea un hueso humano. Lo he tirado inmediatamente, pero ha debido dejar su olor.

Estas palabras tranquilizaron al gigante; cenó y fue a acostar.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, la princesa le dijo:

- Me parece que esta noche has tenido un mal sueño. Te has quejado y gritabas que alguien te había robado el corazón.

- Eso no es posible - contestó el gigante sonriendo-, porque he escondido bien mi corazón.

- ¿Y dónde? Seguro que muy lejos - dijo la princesa.

- ¡Oh, no! - repuso el gigante- Delante de la montaña hay una enorme roca de granito. Bajo esa roca he escondido mi corazón.

Después del desayuno el gigante se fue. Halvor salió de su escondite y se puso a buscar la roca de granito. Y, efectivamente, delante de la montaña encontró la roca. Tuvo que hacer enormes esfuerzos para desplazarla, pero el escondite bajo la roca estaba vacío: el corazón no estaba allí.

- No importa - dijo Halvor a la princesa, y se fue a coger flores a un prado cercano.

Se las llevó a la princesa, que hizo con ellas un precioso ramo y lo colocó sobre la roca de granito.

Por la noche, cuando el gigante volvió a casa, Halvor estaba otra vez escondido en la chimenea. El gigante olfateó el aire y dijo:

- Huelo, huelo a carne humana.

- No, sabes perfectamente que no es posible - repuso la princesa - Seguramente es el hueso que cayó ayer en la chimenea.

El gigante se acercó a la chimenea, miró en el interior, pero afortunadamente no descubrió al príncipe, oculto en la oscuridad.

- Tienes razón, princesa, aún se sigue notando en la chimenea el olor del hueso. Pero, dime, ¿por qué hay flores en la roca que está ante la montaña?

- ¿Acaso no sabes que te amo? - dijo dulcemente la princesa - Ahora que sé que tu corazón está bajo esa roca, llevaré flores frescas todos los días.

Estas palabras conmovieron al gigante y le explicó:

- En realidad, mi corazón no está bajo esa roca, lo escondí en un cofre de plata que puse en la decimotercera sala.

Al día siguiente, cuando el gigante se hubo marchado, Halvor abrió el cofre de plata que había en la decimotercera sala y él y la princesa lo inspeccionaron minuciosamente. Pero en vano, porque el corazón del gigante no estaba allí.

- No importa - dijo Halvor a la decepcionada princesa.

Y de nuevo cogió flores que le entregó a la muchacha. Ella hizo una bella corona que puso sobre el cofre, en la decimotercera sala.

Cuando el gigante volvió por la noche, notó otra vez olor a carne humana, pero la princesa le calmó:

- Sigue siendo el olor de ese hueso, creo que jamás nos libraremos de él.

Esta vez el gigante no miró en la chimenea, pero había descubierto la corona de flores sobre el cofre de plata y le preguntó a la muchacha:

- ¿Y qué hace esa corona sobre mi cofre de plata?

- Sabes que te amo - dijo amablemente la princesa - y, como sé que tu corazón está en el interior de ese cofre, pondré flores frescas todos los días.

Estas palabras emocionaron al gigante hasta tal punto que le confió a la princesa lo siguiente:

- Como veo que me amas realmente, princesa, voy a revelarte dónde he escondido mi corazón. Detrás de las nueve montañas, en el lado sombrío, se halla un lago azul. Justo en el centro del lago hay una isla y en la isla se alza una iglesia. En la iglesia se encuentra un pozo, en el interior del pozo nada un pato que lleva en su vientre un huevo y en ese huevo he escondido mi corazón.

- Es una pena que esté tan lejos, porque me gustaría mucho adornar todos los días el pozo con flores - fingió lamentarse la princesa.

El gigante se puso muy contento y se fue a acostar.

A la mañana siguiente, inmediatamente después de la marcha del gigante, Halvor llamó al lobo, que lo había esperado fielmente durante ese tiempo en el bosque: lo ensilló, dijo adiós a la princesa y se fue en busca del corazón del gigante.

Viajaron mucho, atravesaron las nueve montañas y llegaron a la orilla del lago azul. Nadaron hasta la isla y descubrieron la iglesia. En la iglesia había un pozo donde nadaba un patito blanco. El príncipe quiso atraparlo, pero cuando alargó la mano hacia él, el pato desplegó sus alas y se fue volando por una ventana semiabierta. Pero, por casualidad, el buitre al que el príncipe había salvado la vida se encontraba en el mismo lugar. Se lanzó sobre el pato y lo asustó tanto, que dejó caer a las aguas del lago el huevo que guardaba tan cuidadosamente. Pero, contra toda previsión, la anguila que el príncipe había salvado hacia algún tiempo, surgió a la superficie del lago con el huevo y lo puso en las manos de Halvor.

- ¡Rompe el huevo! --ordenó el lobo al príncipe.

El príncipe obedeció y cascó el huevo. Bruscamente el día se ensombreció, se oyeron truenos, la tierra tembló y sobre los picos de las montañas se vieron doce rayos.

- Ahora el gigante se ha convertido en polvo - explicó el sabio lobo - Y tus hermanos y sus prometidas ya son libres. Date prisa, siéntate en mi lomo, vamos a su encuentro.

El príncipe obedeció al lobo, nadaron hasta la orilla del lago, atravesaron las nueve montañas y se detuvieron ante la montaña negra donde se encontraba el castillo subterráneo del gigante.

Los hermanos y sus prometidas esperaban a Halvor con impaciencia. Estaban sanos y salvos y de buen humor, pero la más dichosa fue la princesa más joven, bella y lozana como una flor de jazmín, cuando Halvor la cogió en brazos.

Luego emprendieron todos juntos el camino hacia donde vivía el padre de los príncipes, el viejo rey. Este ya no pensaba volver a ver a sus hijos y fue tan feliz cuando aparecieron que dio orden de que todas las campanas y campanillas de su reino sonaran solemnemente durante tres días, desde el amanecer hasta el crepúsculo.

La boda de los siete príncipes y de las siete princesas fue tan magnífica que la gente del país todavía habla de ella.

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