El jefe serpiente

Nandi era muy pobre. Su marido había muerto y la había dejado sin hijos varones para pastorear los rebaños y con una sola hija para echarle una mano en los campos. 
En verano, cuando los árboles umdoni estaban cuajados de flores de color crema, Nandi y su hija excavaban el huerto para desenterrar amadumbe con que acompañar las gachas de maíz. En otoño, cuando las flores se habían marchitado, recogía las bayas púrpuras y dulces de los umdoni y se las daba a sus vecinas, que a cambio le entregaban tiras de carne seca de cabra y calabazas llenas de espesa y cremosa cuajada. 
Un día caluroso, Nandi se dirigió al río, como acostumbraba, a recoger bayas púrpuras y no encontró nada. No había a la vista ni una baya, ni una sola. 
Oyó entonces un fuerte silbido, potente y pavoroso. Al alzar la vista, divisó a una enorme serpiente verde grisácea con los anillos enroscados alrededor del tronco rojo oscuro del árbol y la cabeza meciéndose entre las ramas. Estaba comiéndose las bayas. 
- Me estás robando las bayas -le gritó-. ¡Oh, Serpiente, me estás robando todas las bayas! ¡Me vas a dejar sin ninguna fruta para intercambiar por carne! 
La Serpiente emitió otro silbido y se deslizó tronco abajo. Aunque tenía miedo, Nandi no huyó porque no quería quedarse sin bayas. 
- ¿Qué me darás a cambio de las bayas de umdoni? - siseó la Serpiente -. Si te lleno el cesto, ¿me entregarás a tu hija? 
- Sí - gritó Nandi-. Te entregaré a mi hija esta misma noche. Basta con que me dejes llenar el cesto de frutos púrpura. 
Ya con el cesto lleno y camino de regreso a casa, Nandi se estremeció al pensar en lo que había prometido. ¿Cómo iba a entregar a su hija a una bestia tan horrible? Debía evitar por todos los medios que la serpiente averiguase dónde vivía. Por si acaso la estaba vigilando, volvería dando un rodeo. 
Cruzó el río por una zona donde las aguas corrían sobre un lecho de roca poco profundo y se internó en el matorral de la otra orilla, deslizándose en silencio entre los espinos. No se dio cuenta de que una espina larga le rasgaba la falda de cuero y un pedacito se quedaba enganchado en el árbol. 
Atravesó los cañaverales con cautela y sigilo, ojo avizor por si andaba por allí el Cocodrilo, y vadeó una charca profunda. Sin que se diera cuenta, una gruesa baya púrpura se le cayó del cesto y quedó flotando en el agua. 
Se dirigió con cuidado hacia un enorme hormiguero. Cuando estuviera tras él, sería imposible que la vieran desde los árboles umdoni. Pero metió el pie en la entrada camuflada de la madriguera de la Rata de agua. Y, sin que lo advirtiera, de su ajorca se desprendieron tres cuentas que quedaron sobre la tierra blanda y marrón. 
Llegó al fin a su choza y le dijo a voces a su hija:

- Hija mía, he cometido una maldad. He prometido a la Serpiente que te entregaría a ella a cambio de este cesto de fruta púrpura -y estalló en sollozos.

Entretanto, la Serpiente se había deslizado al suelo para seguir a Nandi. Balanceando la cabeza de aquí para allá, vio el pedacito de cuero enganchado en una espina y supo qué dirección debía tomar. Balanceando la cabeza de aquí para allá una vez más, vio una baya púrpura y madura flotando en la profunda charca y supo por dónde continuar. Volvió a balancear la cabeza de aquí para allá hasta que vio las tres cuentas en la boca de la madriguera de la Rata de agua y supo por dónde avanzar. Precisamente cuando Nandi prorrumpía en llanto, se oyó un fuerte silbido a la entrada de la choza y la Serpiente entró reptando y enroscó sobre sí misma su largo cuerpo verde grisáceo.

- ¡No! ¡No! -chilló Nandi-. La promesa no iba en serio. No te puedo entregar a mi hija.

La muchacha levantó la vista. En sus ojos castaño oscuro había una mirada dulce y sin rastro de miedo.

- Lo prometido es deuda, madre -dijo-. No tienes más remedio que entregarme a la Serpiente -estiró la mano y le acarició la cabeza verde grisácea-. Vamos -dijo-, te voy a dar algo de comer. 
Y le entregó una calabaza llena de cuajada espesa y cremosa para que bebiera. Luego dobló su manta y preparó el lecho para su señora, la Serpiente. 
Nandi abrió los ojos a media noche. ¿Qué la había despertado? ¿Habría tosido el Leopardo? ¿Estaría la Hiena cantándole a la luna? Algún sonido tenía que haberla sacado del sueño. Aguzó el oído. Voces. Oía voces. Esa que hablaba era su hija. Pero ¿y la otra voz? ¿Aquella voz profunda y vibrante? 
Salió sigilosa de debajo de las mantas de piel. ¿Y qué fue lo que vio? ¿Seguiría soñando? Sentado junto a su hija había un apuesto joven, alto, moreno y fuerte. Sólo podía ser el hijo de un jefe, o tal vez un jefe. Su hija estaba ensartando las cuentas multicolores de un collar, trenzando con ellas un dibujo de boda. Y, mientras trabajaba, el joven le hablaba dulce y amorosamente. Nandi echó un vistazo a la manta doblada donde la Serpiente se había acomodado para descansar. Allí sólo había una piel larga y enroscada, de color verde grisáceo. Nandi se precipitó a cogerla y la arrojó al fuego que aún ardía en el centro de la choza. 
- El hechizo se ha roto - dijo el jefe serpiente-. Porque una muchacha virtuosa se ha compadecido de mí y una anciana necia ha quemado mi piel - y, pese a la dureza de sus palabras, sonrió a Nandi con afabilidad. 
Nandi tiene ahora tres nietos: un chico que pastorea el ganado en la sabana y dos niñas que la ayudan a escardar los maizales y desenterrar los amadumbe. Ya no necesita recoger bayas de umdoni porque nunca les falta comida.

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