Kotsi y el gigante

Un día funesto, un gigante brujo, tan enorme y estúpido como todos los gigantes, entró en un poblado indio. Sin saludar siquiera a la asamblea, dijo a los que allí estaban reunidos:

- Quiero un alma humana. No quiero más que una, pero, ¡por todos los diablos!, la necesito.

Los hombres protestaron, escandalizados. El jefe se puso en pie y, con la pipa en la mano, replicó:

- Hace ya mucho tiempo que los monstruos como tú no nos dan miedo. No somos niños sin seso. Si te hace falta un alma, ve a pedírsela a los osos; quizá ellos te la den.

Apenas había terminado de pronunciar el jefe estas palabras, cuando una enorme bofetada lo proyectó contra el suelo. El gigante lanzó un rugido aterrador, agarró una cabaña por la punta del tejado y la levantó por los aires. Dejó al descubierto a dos muchachas temblorosas, acurrucadas sobre una manta. Las cogió por los cabellos, se las metió en el bolsillo y se fue.

Aquellas dos jóvenes eran las hermanas de Kotsi, un muchacho intrépido y alegre; y tan inteligente que la magia y la brujería de sus antepasados no tenían para él ningún secreto. Cuando el gigante se llevó a sus hermanas, Kotsi se encontraba de caza. Al volver, viendo su cabaña destrozada, ni siquiera se tomó el tiempo de dejar el zurrón en el suelo. El jefe del poblado, con el puño tendido hacia el horizonte, le contó lo ocurrido y Kotsi fue a toda prisa tras las huellas del monstruo.

Después de tres días y tres noches de marcha, llegó a un extraño país: el cielo estaba cubierto por multitud de pequeños pájaros blancos, tan numerosos que no dejaban ver el sol; apenas algunos rayos atravesaban sus alas. Los habitantes de aquel país eran amables y despreocupados, pues se alimentaban de aquellos pájaros blancos y el cielo era pródigo en ellos. Kotsi descansó entre aquellas gentes por un tiempo y luego reemprendió su camino a través de las colinas. Una noche, llegó ante una cabaña de ramas. A la puerta se encontraba una anciana de aspecto dulce y bondadoso, atizando el fuego. Su rostro estaba surcado por infinidad de arrugas y tenía el cuerpo cubierto de plumas multicolores. Recibió a Kotsi con estas palabras:

- Sé bien venido, hijo mío. Te daré de comer. No tengas miedo, aquí somos buenas gentes. Pero si continúas caminando, llegarás al país de los hombres-perro, unos seres indeseables, ¡verdaderos monstruos, hijo mío!, ¡monstruos espantosos!

Kotsi cenó gustosamente con aquella anciana encantadora y parlanchina; a continuación le dio las gracias y siguió camino adelante.

Llegó así al país de los hombres-perro, en el que el sol no se levantaba nunca. La noche perpetua estaba traspasada por ladridos siniestros. Como Kotsi era brujo, supo encontrar el camino en aquellas tinieblas: hizo un gran fuego y arrojó en él los ojos de una liebre que iluminaron la tierra. Así pudo ver a lo lejos una casa de madera. Corrió hacia ella y empujó la puerta. Sus dos hermanas estaban allí, sentadas en un rincón, con una manta sobre los hombros.

 

- ¡En pie, muchachas! ---dijo riendo.

Las cogió de la mano y se las llevó contento por la hierba gris de la planicie, iluminada bajo el negro cielo por los ojos de la liebre. Las dos jóvenes lloriqueaban amedrentadas:

- ¡El gigante nos perseguirá y nos matará!

- Tened confianza en mi - les decía Kotsi.

Al momento empezó a retumbar la tierra y se oyeron los rugidos del gigante. Era estúpido pero temible. Dando una formidable patada desgarró la llanura, la arrugó como si fuera la hoja de un  árbol y una montaña enorme se alzó de repente ante los tres fugitivos. Kotsi se transformó entonces en águila.

- ¡Subid a mis alas! ~--dijo a sus hermanas.

El águila levantó el vuelo transportando a las dos jóvenes por encima de la montaña, pero el gigante lanzó al cielo una piedra mágica y una espantosa tempestad se abatió sobre los fugitivos. Los relámpagos, rasgando el cielo a su alrededor, les impedían el paso. Entonces Kotsi  ató un lazo a su cintura, lo lanzó al corazón mismo de la tempestad y atrapó al pájaro-trueno, retorciéndole el cuello. Inmediatamente se desvanecieron las nubes y se apaciguó el viento. Pero el gigante no se desalentó por ello. Con un gran aullido, tomó su cántaro mágico y vertió un océano sobre la tierra. Kotsi y sus hermanas se encontraron de pronto en una isla desierta. Las jóvenes lloriqueaban de nuevo.

- ¡Hermanas! --les gritó Kotsi- me irritáis cien veces más que ese gigante idiota que nos persigue.

Cortó una rama de sauce, la colocó sobre el agua y al instante apareció entre las olas un camino seco, completamente recto, por el que los tres avanzaron corriendo. Tras ellos, la tierra y el mar habían dejado ya de retumbar. Entonces encendieron un fuego en la orilla y se dispusieron a pasar allí la noche. Cuando el día se levantó, emprendieron de nuevo la marcha y, al mediodía, llegaron a su pueblo.

Pero entre las cabañas familiares ya no reconocían a nadie. Los rostros de las gentes habían cambiado, lo mismo que sus ropas.

- ¿De dónde venís, extranjeros? -les preguntaban.

-¿Extranjeros nosotros? ---replicó Kotsi- ¡Vosotros sois los extranjeros!

Un anciano curvado sobre un bastón se acercó a ellos, los miró, los olfateó y dijo:

- Hijos míos, cuando yo todavía no sabía caminar, mi madre, que murió hace mucho tiempo, me contó que un día un gigante secuestró a dos muchachas del pueblo cuyo hermano fue en su búsqueda. ¿Seréis vosotros, quizá, esas personas?

- Lo somos ---respondió Kotsi.

Más de cien años habían transcurrido desde que se fueron. Nadie se extrañó, pero todos se maravillaron.

- ¡Buena noticia! --canturreó el anciano - ¡El tiempo no existe! ¡El tiempo no existe!

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