La sal

Había una vez, en un país muy lejano y hace mucho tiempo, un viejo rey que tenía tres hijas, a cual más bella. Como se sentía muy viejo, y próximo a morir, quiso ver a sus hijas casadas. Eso no era muy difícil, pues tenía tres reinos, y a cada una de sus hijas le podía dar uno.

Pero, como no hay tres manzanas iguales, tampoco los reinos eran iguales. Por lo cual resolvió darle el reino mejor a la hija que le quisiera más. Les dijo, con ese propósito:

- Hijas mías, quisiera que cada una de vosotras me dijera cómo me quiere.

La mayor se adelantó y dijo a su padre:

- Padre mío, te quiero como quiere la tierra a los granos de trigo, que nos darán el pan.

La segunda dijo:

- Padre mío, yo te quiero tanto como quiere el viajero sediento el agua en el oasis.

- ¿Y tú, hija mía? – preguntó el rey a la menor.

- Yo, padre, como los hombres quieren a la sal.

- ¿Qué dices, hija malcriada? – contestó el padre enfadado -  Sal de mi palacio, inmediatamente; y hasta de mi reino. Si tan poco me quieres, no quiero verte más.

Fue en vano que la princesita llorara y se lamentara. Fue en vano que explicara que los hombres aman la sal más que cualquier cosa. No hubo perdón para ella.

Se internó muy dentro de un bosque, casi sin darse cuenta, absorta en sus amargo pensamientos. Cuando quiso darse cuenta, se había perdido. Como pudo, se instaló en el tronco de un árbol viejo, que estaba hueco por dentro. Vivió así durante mucho tiempo, comiendo frutas y bebiendo de las cristalinas aguas de un arroyo cercano.

Hasta que una vez, cuando ya había pasado más de un año, acertó a pasar por allí el príncipe de un reino cercano y vió a la princesita, pobremente vestida, recogiendo cerezas de un árbol. Pero ella también había visto al príncipe, por lo que bajó apresuradamente, y se metió en su tronco hueco.

Se acercó el joven y preguntó:

- ¿Quién está ahí?

La princesita se arrinconó más de lo que estaba, temblando de miedo y sin decir una palabra. Nuevamente preguntó el joven:

- ¿Quién está ahí? Si es una persona humana, que salga. Si es un demonio lo mandaré de vuelta al infierno con  un tiro.

Y ya estaba por disparar su escopeta, cuando la muchacha salió, toda temblorosa, y se puso delante del príncipe. Lloraba de miedo y de vergüenza, por tener que presentarse de esa manera tan pobre y raída.

Entre suspiros y lloriqueos le contó al príncipe lo que le había pasado: que su padre la había echado del palacio y de su reino por haberle dicho que lo quería tanto como los hombres quieren a la sal. Al príncipe le gustó mucho la joven, pues por rotas que estuvieran sus ropas y sucia su cara, podía verse que era hermosísima.

Tomóla por la cintura, la puso sobre su corcel y volvió a su palacio. Allí, mandó llamar inmediatamente al cura, y se casaron ese mismo día. Sus bodas fueron soberbias; tan grandes y fastuosas que no hay palabras en el mundo para describirlas.

Mientras el tiempo pasaba lentamente, los jóvenes cónyuges se amaban como dos tiernas palomas, y vivían felices y contentos. Hasta que, cierta vez, el joven le preguntó a su esposa si era cierto que el rey la había echado de su lado sólo porque le había dicho que lo amaba tanto como los hombres a la sal. La muchacha se lo juró solemnemente, y el príncipe juró que haría algo que obligaría a su padre a reconocerla otra vez como hija suya. Pero, cómo lo haría, no se lo dijo a su mujer.

Fuése a un aposento del palacio, tomó una pluma y escribióle una carta al rey, padre de su esposa, en la cual lo invitaba a almorzar con ellos al día siguiente. Inmediatamente mandó a traer a un mensajero y le confió la carta en el día al palacio del rey vecino.

A la mañana siguiente regresó el mensajero, diciendo que el rey vecino tenía mucho gusto en ir a almorzar con sus amigos, ya que hacía tanto tiempo que no se veían. Y al mediodía, efectivamente, llegó la carroza del rey, padre de la esposa del príncipe. A todo esto, la princesa no había aparecido, por petición expresa de su marido.

Cuando sirvieron la sopa, el viejo rey metió su cuchara, probó una y otra vez, pero dejó finalmente su cuchara a un lado, sin poder tomar más, pues estaba terriblemente sosa. La falta de sal había estropeado completamente la rica sopa. Pensó para sí el rey : “Si de esto no he probado, no importa, seguramente en los platos venideros ya pondrán la sal que se han olvidado de poner en la sopa”

Pero tampoco en la carne ni en el pescado que siguieron había sal. Hasta que, finalmente, el rey le preguntó al príncipe:

- Dime, ¿qué case de cocinero tienes, querido vecino, que nunca pone sal en las comidas?

- ¿Cómo? Pero si creía que a ti no te gustaba la sal, querido vecino – dijo el príncipe, haciéndose el asombrado – Yo he ordenado especialmente al cocinero que no le pusiera sal.

- ¡Pero si yo adoro la sal! ¿Quién te ha dicho lo contrario? – preguntó el rey.

- Me lo ha dicho tu misma hija, a quien has echado por afirmar que te amaba como los hombres aman la sal. ¿Ves cómo has procedido mal?

Y en ese mismo momento, se abrió una de las puertas que daban al inmenso comedor y entró la princesa, radiante de hermosura, sonriendo a todos. El viejo rey sintió que las lágrimas caían por sus mejillas, llorando de alegría abrazó y besó una y mil veces a su querida hija, cuya partida había sentido en el alma.

Su mejor reino lo legó a su hija menor y a su consorte, y ellos supieron reinar allí con justicia, bondad y firmeza.

Así fue, y este cuento se acabó.

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