El mendigo, la princesa y el recuerdo

Erase una vez, en las montañas, una princesa llamada Denid, tan bella y melancólica como una primavera lluviosa. Una pena desconocida le corroía el alma. Vivía encerrada en oscuros pensamientos y no hablaba jamás. Su padre, el rey, hallábase tan desolado que desesperaba ya de poder consolarla sin más ayuda que el amor que por ella sentía; así que envió por todo el país a quinientos mensajeros con vestiduras rojas y cabalgaduras negras, encomendándoles la difusión de un bando que rezaba:
- Yo, rey de las altas montañas, daré a mi hija en matrimonio a quien sea capaz de hacerle pronunciar una palabra de alegría.
Inmediatamente, un príncipe del valle, a lomos de un elefante enjaezado con bordados, se dirigió al castillo de la princesa seguido de sus ministros y saltimbanquis. Le ofreció la batahola de sus címbalos, sus cantos y sus danzas, le recitó de rodillas un arrebatado poema de amor, pero Denid, sentada en cojines de terciopelo, permaneció impasible y rígida, con su mirada glacial. Cuando el príncipe, cabizbajo, abandonó el palacio, ella ni siquiera se dignó a decirle adiós. Llegó entonces el mercader más rico del país. Extendió sus tesoros a los pies de la princesa, cofres repletos de joyas, paños traídos de lejanas tierras. Mas ella no parecía verlo. Exaltado como un adolescente, le prometió toda clase de cosas maravillosas. Mas ella no parecía oírle. Con la cabeza ligeramente ladeada, dirigió tristemente su mirada a través de la ventana hacia el cielo y las montañas. El mercader, derrotado, se fue por donde había venido, llevándose a su caballo por la brida.
Aquel día, en el pueblo más alejado del país, un joven mendigo se enteró de lo que el rey había prometido a quien devolviera la palabra a su hija y decidió probar su suerte. Se puso pues en camino, vestido con sus ropajes harapientos y un parasol de frondas en la mano. Caminando por los senderos, se encontró con una anciana que bajaba de la montaña por entre las rocas.
- ¿Adónde vas, mendigo? -le preguntó.
- Voy a la ciudad. Quiero probar a devolver la palabra a la hija del rey, aunque mis esperanzas son pocas. Mucho me temo que sea simplemente muda.
- ¿Muda la princesa Deníd? - respondió la anciana escandalizada-. ¡Vamos hombre! ¡La princesa Denid, jovenzuelo, tiene el don de la elocuencia! ¡Te lo aseguro! Y además, posee una gran sabiduría. ¿Quieres saber por qué se niega a hablar? Pues porque se acuerda de sus vidas pasadas. Escúchame bien y aprovecha lo que voy a decirte; hace mucho tiempo, cuando vivía en el cuerpo de una tigresa, su compañero y sus hijos fueron matados por un cazador y ella murió de pena. Volvió al mundo en el cuerpo de una perdiz, pero unos labradores prendieron fuego al matorral en que incubaba sus huevos y murió abrasada. Su siguiente existencia fue la de una alondra. Hizo su nido en un dique, a la orilla de un río. Unos niños que pasaban por allí, se divirtieron en matar a su compañero y su nidada y a ella la hicieron prisionera, muriendo en una jaula. Por eso ahora, recordando la crueldad de los hombres, les niega su compañía.
Así habló la anciana. El mendigo, de repente iluminado, se acordó de sus pasadas existencias, de que había vivido junto a una tigresa, junto a una perdiz y también con una alondra.
- ¡Salud, anciana! -le dijo-. ¡Y gracias!
Pero la anciana estaba ya lejos, correteando por entre las piedras. Subió la montaña y encontró a la princesa Denid ante la puerta de palacio, tejiendo una manta de lana color azul. Se acercó a ella con su parasol de frondas apoyado en el hombro. La miró y le dijo dulcemente:
- Al fin te encuentro. ..
El mendigo lloró en silencio. Denid, con los dientes apretados, ni siquiera levantó su mirada hacia él.
- Hace mucho tiempo - añadió - yo fui un tigre que cayó en la trampa de un cazador. Mi compañera murió de pena. Luego volví al mundo en un cuerpo de perdiz y te vi arder con nuestros hijos. Quise salvarte y así encontré la muerte. Finalmente, cuando fuimos una pareja de alondras, yo perecí asfixiado en el puño de un niño antes de que a ti te llevaran prisionera.
Tras decir estas palabras, con la cabeza baja, el mendigo guardó silencio.
Entonces Denid, poniendo la mano en su hombro, musitó:
- Tú eres aquel al que yo aguardaba. Espero que esta vez podamos vivir sin aflicción.
La princesa le condujo a palacio. El hombre dejó sus botas y sus viejas ropas. Mientras él tomaba un baño, ella quemaba incienso. Y hasta el alba del siguiente día, no salieron de la habitación. Así comenzó su nueva vida y así termina esta historia.

Recopilado por Henri Gougaud
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