Las monedas de Van Lich

Érase una vez un comerciante que había llegado a ser uno de los hombres más ricos de su generación; se llamaba Van Lich; y poseyó cientos naves mercantes, que transportaban muebles y objetos preciosos hechos a mano en plata maciza y oro.

A pesar de la abundancia, Van Lich, no era feliz. Sus negocios le obligaban a viajar constantemente; durante estos viajes, sospechaba que su esposa, la joven y hermosa Mai Thi, le era infiel.

Un día, una nave de Van Lich echó el ancla en un río. Un pescador acercó a Mai Thi, que estaba sentada en la proa, y le pidió un poco del betel. El semblante apesadumbrado y cansado del pobre pescador, conmovió a la alegre Mai Thi que le dio un poco betel.

Al ver esto, Van Lich fue presa de un ataque de rabiosos celos. Cuando se había ido el pescador, echó a su esposa de su lado.

Al bajar Mai Thi del barco llevaba una barrita de oro y otra de plata que le había dado su enojado esposo. No había andado mucho cuando se encontró con el pescador. Mai Thi lloraba mientras contaba lo sucedido al asombrado pescador.

- ¡Mi marido ha creído que yo estaba enamorada de ti! - exclamo Mai Thi - Ahora que me ha echado de casa quisiera ser tu esposa, aunque eres muy pobre - le pidió afligida.- Por favor, no tengo donde ir y debo intentar pasar lo mejor posible mi pena.

Dadas las circunstancias, el pescador sentía que no podía rechazar la oferta de Mai Thi. Le ofreció, pues, su cabaña en la ribera.

Como buen pescador todos los días, iba a pescar mientras que Mai Thi permanecía en la casa, atendiendo a los pollos y a los patos. A pesar de su dura vida, parecía ser muy feliz y el tiempo transcurría plácidamente.

Un día, llovía muchísimo y el pescador no había salido a pescar así que viendo que los pollos picoteaban en la cesta del arroz, les tiró la barrita de oro de su esposa para espantarlos; pero la lanzó con tanta fuerza que fue a caer en el río.

- ¡Oh, Dios mío! - gritó Mai Thi - ¿No sabes lo que acabas de hacer? Date cuenta que lo que has tirado al agua era oro, que es la cosa más valiosa del mundo.

- ¡¿Qué me dices?! - exclamó su marido - Pero si yo conozco un lugar donde hay montones de barras como esa. No las he traído a casa porque no podía ver ninguna utilidad en esas cosas.

Mai Thi mandó a su marido a buscarlas. Fue gran sorpresa para ella descubrir que las barras eran oro auténtico, y además cada una de ellas estaba marcada con el sello de Van Lich.

En los tres años que habían transcurrido desde que Van Lich repudió a su esposa, su negocio había decaído. El golpe final vino cuando gran parte de su flota fue destrozada por una tormenta. Aunque sobrevivió la nave de Van Lich, el oro fue directamente al fondo del mar. De este modo las riquezas de Van Lich habían ido a parar a la cabaña de Mai Thi.

Dieron un dinero para construir una gran casa comunal nueva, y para Mai Thi. y su marido fueron las ropas más finas. La vida era más fácil; pero en el fondo Mai Thi no estaba contenta. La razón era que su marido no tenía la educación adecuada para su nueva posición. Le animó a que hiciese amistades y aprendiese nuevas costumbres, pero ninguna de las personas, a las que se había acercado, era como a él y le rehuían.

- Yo sé porqué que nadie desea ser tu amigo - se quejó Mai Thi - eres tan estúpido que apostaría que lo único capaz de estar en tu compañía es la estatua gigante de barro del protector.

Al oír lo que su mujer decía, el marido de Mai Thi fue a la pagoda local y comenzó a charlar con la estatua. Como la estatua no le contestaba, el hombre enojado la derribó. Él entonces se fue a casa, y le contó a la esposa su fallida tentativa. Después de esto, Mai Thi perdió toda la esperanza de educar a su marido.

Poco después del suceso de la estatua, el rey cayó enfermo. A pesar de la atención de los mejores herbolarios del reino, la salud del rey empeoró. Un adivino fue consultado, vaticinando que la enfermedad tenía su origen en el derribo de la estatua sagrada. Enviaron soldados para levantar la estatua, pero por más que tiraban y empujaban no podían ni siquiera moverla.

Estas noticias alarmaron al rey. Se ofreció una recompensa a cualquier persona que pudiera poner la estatua de pie. Mai Thi se acercó a su marido y le preguntó si él podría enderezar la estatua de barro

- Sí - le dijo - enseguida lo haré.

Bastante seguro de sí mismo el pescador pudo levantar la estatua. Al momento, el rey comenzó a recuperarse; agradecido ofreció a Mai Thi y a su marido oro y riquezas. Mai Thi lo rechazó, pero solicitó una gracia.

- Por favor que la casa de las instituciones feudales conceda a mi marido posición y respeto.

El agradecimiento del rey, junto a las riquezas, hizo que se ganaran el respeto de los nobles. El matrimonio construyó una casa comunal incluso más grande, y con el tiempo llegaron a ser famosos y respetados.

Años después, nave de Van Lich paró en la casa de la institución feudal para pagar sus tributos. Al ver a su anterior esposa y al pescador, Van Lich se sintió terriblemente avergonzado. Incapaz de soportar el pensamiento de verlos como pares cada vez que pasaba por el río, escribió su voluntad: decidió legar todos sus bienes restantes a Mai Thi. Después, Van Lich se quitó la vida.

Con el permiso del rey, Mai Thi transformó el oro legado por Van Lich en monedas y las distribuyó entre los pobres.

Desde aquel día si tienes un poco de suerte y eres afortunado, puede que encuentres algunas de las monedas de Van Lich.

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