El monstruo de nueve cabezas

En tiempos remotos vivían en una finca, entre bosques seculares, nueve hermanos y una hermana. Un buen día la muchacha se casó y se fue a vivir muy lejos de su tierra.

Transcurrió mucho tiempo y la muchacha empezó a sentir añoranzas. Por fin decidió visitar a sus hermanos. Coció nueve tortitas, una para cada uno, y cogió una rueca y nueve husos con lino para hilar nueve camisas mientras estuviera en casa de sus hermanos. Cuando todo lo tuvo dispuesto de este modo, se puso en camino.

Recorrió muchas leguas y, por fin, llegó a un gran bosque donde le salió al encuentro un monstruo de nueve cabezas.

- Niña de los nueve hermanos, niña de los nueve hermanos, voy a devorarte.

Espantada, la joven no supo qué hacer. Empezó a arrojar las tortitas que llevaba para sus hermanos, pero cada cabeza se tragó una y el monstruo repitió:

- Niña de los nueve hermanos, niña de los nueve hermanos, te voy a devorar.

La joven arrojó entonces la rueca y los nueve husos. El monstruo se los tragó también en un abrir y cerrar de ojos, repitiendo de nuevo las mismas palabras. Y, en efecto, empezó por devorar el caballo. La muchacha vio cómo desaparecía en las fauces del monstruo y cómo el carro iba a seguir la misma suerte.

No sabiendo qué hacer, saltó a tierra y trepó a la copa de un roble. El monstruo de nueve cabezas se tragó el carro y, viendo que la muchacha había subido tan alto que no podía alcanzarla, empezó a roer el tronco del árbol. La pobrecilla estaba más muerta que viva. ¿Cómo salir de aquel apuro? En esto un gorrión pasó volando junto a ella.

- Gorrioncito, ve a decirles a mis nueve hermanos que un monstruo de nueve cabezas me ha atacado en el bosque - rogó la muchacha.

- Los campos están cubiertos de granos de centeno y la avena está madurando; no tengo tiempo -replicó el pajarillo sin detenerse apenas en su vuelo.

Después pasó volando un cuervo.

- Cuervecillo, ve a decirles a mis nueve hermanos que un monstruo de nueve cabezas me ha atacado en el bosque - suplicó la niña de los nueve hermanos - Está royendo el tronco del árbol y no tardará en devorarme.

- Cras..., cras... Cuando te devore, algo me quedará. Cras.… cras... Algo me quedará - replicó el cuervo sin detenerse.

Al poco rato la muchacha reparó en un cuclillo y también le rogó que fuese a decir a sus hermanos que se hallaba en peligro.

El cuclillo obedeció y, posándose en el alféizar de la ventana del primogénito, cantó:

“Nueve hermanos cu cu,

vuestra hermana cu cu,

la décima cu cu,

está en un roble cu cu.

El monstruo de nueve cabezas cu cu roe el tronco cu cu”

Al oír esto, el hermano mayor exclamó:

- Echad a ese cuclillo. Nos está perforando los oídos.

El cuclillo se posó entonces en la ventana del segundo hermano y volvió a repetir lo mismo. También este ordenó que lo echaran. Y todos los demás procedieron igual que los dos primeros.

El cuclillo volvió al bosque y le dijo a la joven que sus hermanos no habían querido hacerle caso. Entonces la muchacha se quitó la alianza y, tendiéndosela, le rogó que se la llevara a su hermano menor y le dijera que el monstruo de nueve cabezas había roído ya la mitad del árbol.

En un vuelo, el cuclillo llegó al alféizar de la ventana del hermano más pequeño y se puso a cantar. El muchacho se asomó con intención de echar al pájaro que le importunaba. Pero ¡zas! él le arrojó el anillo en un vaso que había en la ventana. Reconociendo el anillo de su hermana, el joven le preguntó al cuclillo dónde lo había encontrado. En respuesta, este cantó:

“Nueve hermanos cu cu,

vuestra hermana cu cu,

la décima cu cu,

está en un roble cu cu.

El monstruo de nueve cabezas cu cu

roe el tronco cu cu.

Dad de comer a los caballos cu cu,

afilad las espadas cu cu,

liberad a vuestra hermana cu cu”

El hermano menor les contó a los demás lo que acababa de decir el cuclillo y los nueve corrieron a afilar las espadas y a dar de comer a los caballos. Luego salieron hacia el bosque a galope tendido.

Mientras tanto, el monstruo de nueve cabezas casi había acabado de roer el tronco del roble. Mas de pronto oyó los cascos de los caballos que se acercaban.

- Niña de los nueve hermanos, niña de los nueve hermanos, ¿no serán tus hermanos los que vienen?  - le preguntó a la joven.

En respuesta, el cuclillo cantó:

“No son sus hermanos cu cu,

es el bosque que ulula cu cu

y los árboles que caen cu cu”

Tranquilizado, el monstruo de nueve cabezas siguió royendo el tronco del roble. Ya le faltaba poco, pero se daba prisa, porque tenía ganas de acabar cuanto antes. Pegó un bocado, abarcando todo lo que quedaba. El roble se tambaleó y se inclinó ligeramente. La niña de los nueve hermanos, más muerta que viva, seguía agarrada a lo más alto del roble.

En aquel momento se oyó un rumor entre los matorrales y aparecieron los caballos de los nueve hermanos. Se abalanzaron sobre el monstruo de nueve cabezas y, apenas hubieron entablado la lucha, los nueve hermanos desenvainaron las espadas y le dieron muerte.

Así fue cómo se salvó la niña de los nueve hermanos.

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