Naimlap, el hombre pájaro

Era de noche, pero las balsas seguían avanzando. No perdían un segundo. Hartos de guerra y miseria, hombres y mujeres audaces se habían lanzado a la búsqueda de nuevos horizontes. Se enfrentaban a una tarea difícil. Sufrían penurias. Algunas balsas desaparecían en temibles tormentas, otras simplemente se extraviaban. El cansancio, la sed y el frío los azotaban. Ya se hablaba del fracaso, de regresar.

En el grupo había un hombre especial que transmitía confianza y aliento a los demás. Se llamaba Naimlap. Era pequeño y de voz cálida. Sus ojos grandes y negros, como de pájaro, cautivaban a quien los mirara. Su balsa de totora era igual a las otras, pero tan ligera que parecía volar sobre el océano. Lo acompañaba su mujer Ceterni. Los dos tocaban suaves melodías en sus caracoles marinos; la música tranquilizaba a los hombres, los hacía olvidar sus penas, sus problemas. Gracias a sus dones y capacidad, Naimlap se había convertido en un jefe muy querido por su pueblo.

Una noche, mientras proseguían aquella interminable travesía, el temor invadió a Naimlap. Alzó la voz y dijo:

- Luna, amiga mía, me prometiste una tierra generosa. Te he seguido junto con mi pueblo, pero tú nos has abandona do, ya ni tú ni las estrellas nos alumbran en la noche.

Asomando por las nubes, la luna le contestó:

- Sigue tu camino, Naimlap. El mar te llevará a donde te prometí.

Continuaron navegando. Los inconvenientes aumentaban. La gente empezaba a desesperarse. Esta vez Naimlap se quejó al mar. Este, conmovido, le contestó: '

- Cálmate. Levanta los ojos y verás la tierra que ansías.

En ese fantástico momento, los músicos soplaron sus caracoles y los cantores elevaron jubilosas melodías. Entre la muchedumbre que reía y cantaba, sobresalió la potente voz de Naimlap:

- ¡Saltemos a tierra! Demos gracias a nuestros dioses. Al fin hemos encontrado el lugar ideal para vivir.

El jefe caminó entonces sobre polvo de conchas marinas que el encargado Fonga Sigde había derramado sobre la nueva tierra. Entusiasmados, los hombres desembarcaron en una playa de arena dorada, y empezaron a recorrer los contornos. Después de unas horas, comprobaron que era una tierra fértil donde abundaban el agua dulce y los animales silvestres. Decidieron establecerse allí, en el sitio que más tarde se llamaría Lambayeque.

Lo primero que hicieron fue construir casas de adobe o chots. En cada chot colocaban una pequeña estatua verde, semejante al buen jefe Naimlap. Enseguida celebraron ceremonias de agradecimiento, en las cuales los danzantes fueron acompañados por Pita Zofi, el más hábil tañedor de caracoles.

Conforme pasaba el tiempo se organizaban mejor: se dividían las tareas y cada uno colaboraba en el bienestar común. El buen jefe trabajaba con la gente y la estimulaba a aprender nuevas técnicas. Así fue como se desarrollaron los diferentes oficios: unos aprendieron a hacer chicha de maíz, que apagaba la sed y jamás faltaba en las fiestas. Otros confeccionaban magníficas ropas con plumas de ave y bordaban tejidos espléndidos. Unos se dedicaron a pintar sus caras, diferenciándose así los rostros según las labores que desempeñaban. Y muchos se dedicaron a la pesca. Todos estos primeros artesanos les enseñaron a sus hijos y éstos a los suyos, y así sucesivamente. Con el tiempo, el pueblo se hizo grande y famoso. La figura de Naimlap tenía un poderoso significado. Los hombres se habían acostumbrado a respetarlo y honrarlo.

Pero algo los preocupaba, no los dejaba vivir tranquilos: el rostro de su amado señor reflejaba una tristeza que él mismo no podía disimular. Nadie entendía por qué. Una mañana Naimlap desapareció. Lo buscaron en su casa, en los alrededores, pero fue en vano. La inquietud era general. Alguien dijo que había escuchado la misma voz que le hablara durante la travesía, y que esa voz le había dicho que era el momento de partir, de regresar, y que Naimlap se había ido volando con unas alas inmensas.

La pena se apoderó del pueblo. Nadie durmió aquella noche. Casi todos esperaron la vuelta del jefe varios días a la intemperie. Algunos salieron a buscarlo enrumbando por diversos lugares. Sin detenerse. Pita Zofi tocaba su caracol con una intensidad que nunca antes había logrado; creía que, al oírlo, Naimlap volvería.

Un amanecer, cuando Pita Zofi concluía una melodía, los demás vieron una bandada de aves que seguía a un pájaro grande y brillante en dirección a la luna. Según los jefes, aquel pájaro era Naimlap y el pueblo conservó para siempre esa creencia.

Desde entonces los hombres no perdieron la esperanza de ver nuevamente a Naimlap, y transmitieron la leyenda de generación en generación, a fin de que cuando volviera fuera recibido como se lo merecía.

Si alguna vez escuchas el sonido de un caracol marino, recuerda a ese valeroso pueblo llamando a su buen jefe Naimlap.

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