El manto

Nasrudín se enteró de que se estaba llevando a cabo un banquete en una población cercana y de que estaban todos invitados. Se dirigió hacia el lugar tan pronto como pudo. Cuando el maestro de ceremonias vio su andrajoso manto, lo sentó en el lugar menos visible, lejos de la gran mesa donde con gran diligencia se servía a las personas más importantes.

Nasrudín se dio cuenta de que pasaría una hora, por lo menos, antes de que los mozos llegaran al lugar donde se hallaba. Por lo tanto, se levantó y fue para su casa.

Se engalanó con un magnífico manto y turbante de cibelina y regresó a la fiesta. Tan pronto como los heraldos del Emir, su anfitrión, vieron su espléndido atavío, comenzaron a tocar el tambor de bienvenida y a hacer sonar las trompetas, para estar a la altura de un visitante de alto rango.

El chambelán mismo salió del palacio y condujo al magnífico Nasrudín a un lugar ubicado casi al lado del Emir. De inmediato le presentaron un plato con espléndida comida. Sin pérdida de tiempo Nasrudín comenzó a frotar puñados de ésta, sobre su turbante y su manto.

- Su Eminencia -dijo el príncipe- me intrigan sus hábitos para comer, los cuales me resultan sumamente novedosos.

- No son nada especiales -dijo Nasrudín-, el manto logró que yo esté aquí y me consiguió la comida. ¿Acaso no merece su porción?

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