La niña vendida con las peras

Recopilado por Italo Calvino

Había una vez un hombre que tenía un peral que le daba cuatro cestos de peras por año. Sucedió que un año sólo le dio tres cestos y medio, y al Rey había que llevarle cuatro. Como no sabía cómo llenar el cuarto cesto, metió dentro a su hija más pequeña y luego la cubrió con peras y con hojas.

Los cestos fueron llevados a la despensa del Rey, y la niña rodó junto con las peras y se ocultó. En la despensa, como no tenía otra cosa que comer, mordisqueaba las peras. Con el tiempo, los sirvientes advirtieron que menguaba la provisión de peras, y más tarde encontraron los restos.

- Debe de haber un ratón o un topo –dijeron - que mordisquea las peras. Hay que echar un vistazo.

Y hurgando entre las esteras descubrieron a la niña.

- ¿Qué haces aquí? -le dijeron- Ven con nosotros y servirás en la cocina del Rey.

La llamaron Perita, y Perita era una niña tan habilidosa que pronto supo desenvolverse mejor que las sirvientas del Rey, y era tan graciosa que todos le tomaron afecto. Hasta el hijo del Rey, que era de la misma edad, estaba siempre junto a Perita, y entre ambos nació una gran simpatía.

Al crecer la muchacha, creció la envidia de las sirvientas; por un tiempo nada dijeron, luego empezaron a sembrar cizaña. Así comenzaron a rumorear que Perita se había ufanado de que les quitaría el tesoro a las brujas. El rumor llegó a oídos del Rey, quien la llamó y le dijo:

- ¿Es cierto que te ufanaste de ir a quitarles el tesoro a las brujas?

- No -dijo Perita-, no es cierto, Vuestra Majestad, no sé nada.

Pero el Rey insistió:

- Lo dijiste y la palabra dada hay que cumplirla.

Y le prohibió volver al palacio hasta que no hubiese conquistado ese tesoro.

Caminó y caminó hasta que cayó la noche. Perita encontró un manzano y no se detuvo. Encontró un melocotonero y no se detuvo. Encontró un peral, se acurrucó entre las ramas y se adormeció.

Por la mañana había una viejecita al pie del árbol.

- ¿Qué haces ahí arriba, preciosa? -le preguntó la viejecita.

Y Perita le contó la dificultad en que se hallaba. La viejecita le dijo:

- Toma estas tres libras de grasa, estas tres libras de pan y estas tres libras de sorgo y sigue adelante.

 Perita le dio las gracias y reanudó la marcha. Llegó a un lugar donde había un horno. Y había tres mujeres que se arrancaban el pelo, y con el pelo limpiaban el horno. Perita les dio las tres libras de sorgo y ellas se pusieron a limpiar el horno con el sorgo y la dejaron pasar.

Luego llegó a un lugar donde había tres mastines que ladraban y atacaban a la gente. Perita les arrojó las tres libras de pan y la dejaron pasar.

Luego llegó a un río de aguas rojas que parecían sangre y no supo cómo atravesarlo. Pero la viejecita le había dicho que dijera:

“Agüita linda agüita,

Si no tuviese prisa

Bebería una tacita.”

Ante esas palabras el agua se retiró y la dejó pasar.

Más allá del río, Perita vio uno de los palacios más bellos y hermosos del mundo. Pero la puerta se abría y cerraba con tal rapidez que nadie podía pasar. Perita entonces untó los goznes con las tres libras de grasa y la puerta comenzó a abrirse y cerrarse con lentitud.

Una vez en el palacio, Perita vio el cofre del tesoro sobre una mesita. Se adueñó de él y se dispuso a irse, pero el cofrecito comenzó a hablar:

- ¡Puerta, mátala! ¡Puerta, mátala! -decía el cofre.

Y la puerta respondía:

- No, que no la mato, porque hacía mucho que nadie me aceitaba y ella me aceitó.

Perita llegó al río y el cofre dijo:

- ¡Río, ahógala! ¡Río, ahógala!

Y el río respondía:

- No, que no la ahogo, porque me dijo “Agüita, linda agüita.”

Llegó junto a los perros, y el cofre dijo:

- ¡ Perros, coméosla! ¡Perros, coméosla!

Y los perros:

- No, que no nos la comemos, porque nos dio tres libras de pan.

Llegó al horno.

- ¡Horno, quémala! ¡Horno, quémala!

Y las mujeres:

- No, que no la quemamos, porque nos dio tres libras de sorgo y así conservamos el pelo.

En cuanto estuvo cerca de casa, Perita, curiosa como todas las muchachas, quiso ver qué había dentro del cofre. Lo abrió y salió una gallina con pollitos de oro. Se alejaban tan rápido que era imposible alcanzarlos. Perita se puso a correr tras ellos. Pasó junto al manzano y no los encontró, pasó junto al melocotonero y no los encontró, pasó junto al peral y estaba la viejecita con una varita en la mano, dando de comer a la gallina y a los pollitos de oro.

- Vamos, vamos -dijo la viejecita - y la gallina volvió a meterse en el cofre con los pollitos.

Al volver a casa, Perita vio que el hijo del Rey salía a su encuentro.

- Cuando mi padre te pregunte qué quieres como premio, pídele la caja de carbón que hay en la bodega.

En el umbral del palacio real estaban las sirvientas, el Rey y todos los de la Corte. Perita le dio al Rey la gallina con los pollitos de oro.

- Pide lo que quieras -dijo el Rey-, y te lo daré.

- La caja de carbón que hay en la bodega –dijo Perita.

Le dieron la caja de carbón, Perita la abrió y de la caja salió el hijo del Rey, que se había escondido dentro. Y el Rey se alegró de que Perita se casara con su hijo.

 

Se sugiere ver: Perejilina

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