Nunkui, creadora de las plantas

Hace largos años, cuando los shuaras recién empezaban a poblar las tierras orientales del Ecuador, la selva no existía. En su lugar se extendía una llanura manchada solamente por escasas hierbas. Una de éstas era el unkuch, el único alimento de los shuaras.

Gracias al unkuch, los shuaras pudieron soportar durante mucho tiempo la aridez de la arena y el calor sofocante del sol ecuatorial. Lamentablemente, un día, la hierba se esfumó y los shuaras comenzaron a desaparecer lentamente.

Algunos, recordando otras desgracias, echaron la culpa a Iwia y a Iwianchi, seres diabólicos que desnudaban la tierra comiéndose todo cuanto existía; pero otros continuaron sus esfuerzos por encontrar el ansiado alimento. Entre éstos había una mujer: Nuse. Ella, venciendo sus temores, buscó el unkuch entre los sitios más ocultos y tenebrosos, pero todo fue inútil. Sin desanimarse, volvió donde sus hijos y, contagiándoles de su valor, reinició con ellos la búsqueda.

Siguiendo el curso de un río, caminaron muchos días; pero a medida que transcurría el tiempo, el calor agobiante de esas tierras terminó por aplastarlos. Así, uno a uno, los viajeros quedaron tendidos en la arena.

Inesperadamente, sobre la transparencia del río aparecieron pequeñas rodajas de un alimento desconocido: la yuca. Al verlas, Nuse se lanzó hacia el río y las tomó.

Apenas probó ese potaje sabroso y dulce, sintió que sus ánimos renacían misteriosamente y enseguida corrió a socorrer a sus hijos. De pronto, percibió que alguien la observaba desde el viento. Inquieta, hundió sus ojos por todos los rincones, más sólo vio la soledad plomiza del desierto.

De súbito, de entre esas ráfagas que silban lejanías, se descolgó una mujer de belleza primitiva. Nuse retrocedió asustada, pero al descubrir la dulzura en el rostro de esa mujer le preguntó:

- ¿Quién es usted, señora?

- Yo soy  Nunkui, la dueña y soberana de la vegetación. Sé que tu pueblo vive en una tierra desnuda y triste, en donde apenas crece el unkuch, pero...

- ¡El unkuch ya no existe! Era nuestro alimento y ha desaparecido. Por favor, señora, ¿sabe dónde puedo hallarlo? Sin él, todos los de mi pueblo morirán.

- Nada les ocurrirá, Nuse. Tú has demostrado valentía y por ello te daré, no sólo el unkuch, sino toda clase de alimentos.

En segundos, ante los ojos sorprendidos de Nuse, aparecieron huertos de ramajes olorosos. Nuse quedó extasiada pues jamás había visto nada semejante: el paisaje era majestuoso y la música que cantaba la floresta, le había robado el corazón.

Nunkui continuó:

- Y para tu pueblo, que hoy lucha contra la muerte, te obsequiaré una niña prodigiosa que tiene la virtud de crear el unkuch y la yuca que has comido y el plátano y. ..

- ¡Gracias Nunkui, gracias!

Nunkui desapareció y en su lugar surgió la niña prometida.

Nuse quedó deslumbrada por lo que había visto, y aún no salía de su asombro cuando la pequeña la guió entre la espesura. Tan a gusto llegó a sentirse en ella, que deseó permanecer allí para siempre. Sin embargo, el recuerdo de su pueblo la entristeció. Pero entonces, la pequeña, la hija de Nunkui -como luego la llamaron-le anunció que allá también, en el territorio de los shuaras, la vegetación crecería majestuosa. Entonces, alborozada, Nuse reanimó a sus hijos y retomó a su pueblo.

Cuando llegaron, la niña cumplió su ofrecimiento y la vida de los shuaras cambió por completo. El dolor fue olvidado. Las plantas se elevaron en los huertos y cubrieron el suelo de esperanzas.

Se sugiere ver: Mitos de Creación

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