Orfeo y Eurídice

En el comienzo, los dioses fueron los primeros músicos y tenían una habilidad incomparable. Pero hubo un mortal capaz de superar su maestría, y ese fue Orfeo.

Se cuenta de él que acompañaba a navegantes en sus viajes, ya que cuando se cansaban de remar, el joven tocaba su lira de tal manera que una intensa frescura los reanimaba y les permitía continuar su travesía. Nada ni nadie podía resistir el sonido de su instrumento.

Un día, Orfeo estaba tocando su lira bajo una arboleda, cuando apareció Eurícide. Venía rodeada de otras muchachas, pero su manera de andar y de comportarse la destacaban de entre todas las demás. Tenía ojos celestes y rasgos delicados. Su cabello rubio se ondulaba sobre los hombros y caía como una cascada hasta su cintura. Los jóvenes se vieron, e inmediatamente se enamoraron. Fue tanto lo que se quisieron, que resolvieron casarse. 

Los esposos se amaban profundamente, y vivieron felices durante algún tiempo. Pero un día, Eurícide paseaba por el prado cuando una serpiente venenosa le mordió el pie, causándole la muerte al instante.

Al enterarse de la trágica noticia, el dolor de Orfeo no tuvo límites. Lloró días y noches, llamando a su amor desconsoladamente hasta perder la voz; pero no obtuvo respuesta. Entonces decidió viajar al inframundo a buscar a su amada.

Tras una dificultosa marcha y no llevando más equipaje que su lira, Orfeo llegó a orillas del río del inframundo. Sólo existía una barca capaz de transitar aquella aborrecible corriente: la nave de Caronte, el barquero del inframundo.

- Por favor, necesito cruzar – suplicó Orfeo cuando lo vio.

- ¿Cruzar? Imposible. Ningún mortal ha cruzado jamás. Está prohibido molestar a los que han partido para siempre, muchacho.

Entonces, por primera vez desde la muerte de su esposa, Orfeo tomó la lira y empezó a tocar. Sus melodías calmaron el curso del río y cautivaron al barquero, que accedió finalmente a trasladarlo a la otra orilla.

Una vez en tierra, el joven siguió su camino. Cualquier mortal hubiera perdido la vida en aquella región plagada de peligros, pero el amor de Orfeo le permitió sortear cada una de las trampas de los dioses, hasta llegar a las puertas del mundo de las sombras.

El guardián de las puertas era un horrible perro monstruoso de tres cabezas, llamado Cerbero. Éste lo miró amenazante, pero nuevamente Orfeo tocó la lira y los seis ojos del animal lo miraron con dulzura. Cerbero, conmovido, le permitió entrar.

En cuanto las puertas se abrieron, el joven se encontró frente a los reyes del inframundo, Hades y Perséfone.  Entonces, por tercera vez, tocó la lira. Valiéndose de la música, les contó todo el dolor que sentía por la pérdida de su amor y logró, también a ellos, conmoverlos.

Orfeo rogó y suplicó con tanta elocuencia, que finalmente accedieron los reyes a permitir que Eurícide regresara al mundo de los vivos, donde la luz del sol todo lo ilumina.

- Pueden volver juntos – dijo Hades – pero debes cumplir con la siguiente condición: irás adelante y no mirarás hacia atrás mientras ella permanezca en la sombra.

Al escuchar esas palabras, Orfeo se alegró y agradeció al rey inmensamente. Luego, inició el camino de regreso a la vida. Poco a poco, fue dejando la oscuridad a sus espaldas. A medida que se acercaba a la salida, el pensamiento de que había recuperado a Eurídice lo hacía más y más feliz.  Sabía que ella lo seguía, aunque no pudiera verla ni oírla. Sin embargo, de pronto una sospecha ensombreció su alegría: ¿y si acaso el rey de los muertos lo hubiera engañado para sacarlo de allí? Entonces, no pudiendo contenerse, volvió la cabeza para comprobar si realmente su amada lo estaba siguiendo. Allí estaba Eurícide, tambaleando y desdibujándose entre las sombras. Orfeo corrió hacia ella y le tendió los brazos para sostenerla, pero sus manos sólo tocaron el vacío. Eurídice se esfumó ante sus ojos.

Desesperado, el joven intentó regresar para suplicar que la dejaran regresar una vez más, pero nadie puede traspasar esos umbrales dos veces. Las puertas permanecieron ciegas y sordas a sus ruegos.

Hay quienes dicen que, a partir de ese momento, sus canciones fueron tan tristes que al poco tiempo lo llevaron a la muerte. Otros, cuentan que el dios Júpiter lo castigó por descubrir misterios que debieron permanecer en secreto para los mortales. Lo cierto es que un día desapareció, y todos lamentaron su muerte. Dicen que hay una tumba con su nombre, a la que todos los días visitan los pájaros cantores; y también dicen que allí, los cantos de los pájaros suenan más dulces que en cualquier otro lugar de la tierra.

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