Un pájaro nunca visto

Perseguido muy de cerca por el Tigre, llegó una mañana Juan el Zorro al rancho del Hornero, quien diole la bienvenida con cordiales palabras, mientras se arreglaba los pliegues del ponchito marrón que siempre llevaba puesto.

Y mientras el mate amargo iba del uno al otro, como queriendo afianzar aún más la sólida amistad que los unía, Juan enteró al dueño de casa de que el Overo venía siguiéndole el rastro y no había de tardar ya mucho rato en presentarse allí.

Si usted me ayuda le daremos una buena lección -terminó diciendo-. Y de paso nos divertiremos un poco. ¿Está de acuerdo?

- Por supuesto. Hable que soy todo oídos -respondió el Hornero.

Entonces Juan, que teníalo ya todo previsto, sacó del bolsillo de su bombacha un tarrito de pintura roja, recientemente adquirida en Ia pulpería del Tatú.

Permíteme que le cambie de color a su plumaje - dijo-  y Ie aseguro que no se arrepentirá. Porque con una sola mano de esta pintura lo dejaré tan buen mozo que hasta el mismo Churrinche, si lo ve, se morirá de envidia. Después, tendrá que hacer al pie de Ia Ietra todo lo que yo le diga.

Y obtenido el consentimiento del Homero, que se había puesto alegre como un niño ante la perspectiva de lucir ropa nueva, comenzó de inmediato a pintarlo.

Un cuarto de hora más tarde apareció en el camino real el Tigre, jinete como de costumbre en su Venado, que sudaba a chorros bajo el inclemente sol estival.

- ¡Por fin te tengo en mi poder, bandido! - gritó al divisar a Juan bajo la sombra de un frondoso coronilla.

Y echando pie a tierra enderezó rápidamente hacia él, con el rebenque en alto.  Pero el Zorro, haciéndole señas para que se callara y señalando una rama del árbol, díjole a media voz:

- ¡Silencio, don Tigre, por favor, que se me va escapar este pájaro precioso si usted sigue gritando!

El felino miró en la dirección indicada y no pudo contener una exclamación de asombro al divisar al Hornero, que con Ia pintura fresca resplandeciendo al sol y la cabeza metida bajo el ala, fingía dormir con sueño profundo entre el ramaje del árbol.

- Hace horas que estoy esperando que alguien me ayude a cazarlo - añadió Juan-  Se ve que es un ave delicada y si la llevo en la mano puede morirse. Quédese usted aquí mientras yo corro hasta la pulpería en busca de una jaula.

- Bueno - respondió el Tigre, que ya se consideraba dueño del hermoso pájaro.

Lo malo es que no tengo plata, ¿sabe?

- Pues toma y date prisa, sinvergiienza.

Y el Overo alcanzó a Juan un par de patacones que éste puso a buen recaudo, montando luego en su Ñandú y cerrándole piernas rumbo a la pulpería.

No bien quedó solo el Tigre, y tal como había supuesto el Zorro, quiso apoderarse del ave, aprovechando que estaba posada sobre una rama baja.

Aproximóse con cautela, y parándose en las patas traseras se dispuso a darle alcance, al tiempo que murmuraba para sus adentros: “Me llevo esta preciosura para la estancia y lo dejo con una cuarta de narices a ese zonzo Zorro. Así será doble mi satisfacción”

En ese mismo instante el Hornero, que lo observaba por entre las plumas del ala, voló y fue a posarse sobre la copa del otro árbol próximo, desde el cual, luego de emitir su inconfundible grito a fin de que el felino lo reconociera, púsose a canturrear entre risotadas este versito burlón que le enseñara Juan:

Hay muchos bichos zonzos en este mundo,

pero como don Tigre tal vez ninguno.

Entonces el Overo, comprendiendo que había sido chasqueado una vez más, saltó sobre su Venado, y emprendió una frenética carrera hacia la pulpería, con la vana esperanza de encontrar al Zorro, que, previsor como era, ya había tomado un rumbo bien distinto.

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