El pescador y la tortuga

Hace mucho, mucho tiempo, en una aldea a orillas del mar, vivía un joven pescador llamado Urashima Taroo. Un día, un grupo de chicos estaba maltratando a una tortuga en la playa. Y Urashima Taroo les gritó:

- Dejen en paz a esa tortuga.

Pero los muchachos no le hicieron caso y le contestaron:

- Con mucho trabajo logramos cazarla.

Urashima Taroo, sintiendo compasión por la tortuga, dio todo el dinero que llevaba consigo y la compró. Y acto seguido la soltó en el mar.

Unos días después, cuando Urashima Taroo estaba en alta mar pescando, se le acercó nadando una tortuga. Y una vez al lado del bote, le dijo:

- Me salvaste el otro día en la playa. En agradecimiento deseo conducirte al Palacio del Rey Dragón del Mar donde vivo.

Urashima Taroo montó sobre el lomo de la tortuga. La tortuga se hundió en el mar y empezó a nadar hacia lo más profundo.

“Qué extraño, estoy dentro del agua pero me siento perfectamente” pensaba Urashima Taroo excitado y feliz.

Hasta que finalmente llegaron al Palacio. Y entonces, la tortuga dijo:

- Aquí estamos. Este es el Palacio del Rey Dragón del Mar.

El palacio estaba decorado con rojos corales, deslumbrantes perlas, oro y plata, que lo hacían brillar. Urashima Taroo quedé admirado.

- ¿Esto es realmente el fondo del mar? - preguntó.

Mientras Urashima Taroo miraba todo embelesado, una bella jovencita salió a recibirlo. Haciendo una ligera reverencia le dijo:

- Bienvenido. Yo soy la Princesa menor. Esta tortuga es mi criada. Te agradezco mucho que la salvaras. Por favor, quédate y disfruta.

Y la Princesa lo condujo al interior del palacio.

Urashima Taroo vistió hermosos trajes, comió manjares y tomó buen vino, y bailó y cantó con las danzarinas y con los peces, y no se aburría en ningún momento, y disfrutaba de todo.

De ese modo pasaron tres años. Una noche, Urashima Taroo tuvo un sueño. Soñó con su padre y su madre, que vivían humildemente en la aldea a orillas del mar. Y le dijo a la Princesa:

- Extraño mi lugar natal. Permíteme volver a mi casa.

La Princesa se puso muy triste, pero no podía impedirle a Taroo que regresara a su casa.

Llegó el día de la partida. La Princesa le entregó a Urashima Taroo un cofrecito.

- Por favor, acéptalo y llévalo en tu regreso- le dijo mirándolo fijamente - Pero prométeme una cosa: que no lo abrirás por nada. Si cumples esta promesa, podrás ser feliz.

Y así fue como Urashima Taroo otra vez montó en el lomo de la tortuga y regresó a su aldea a orillas del mar.

Llegó al lugar natal tan añorado. Pero no estaba su casa. Le preguntó a un anciano que estaba por allí.

- ¿Dónde está la casa de la familia Urashima?

- Hubo una casa de esa familia. El hijo fue al mar, y nunca volvió.

- ¿Me está contando algo que sucedió hace tres años?

Pero el viejito negó con la cabeza.

- No, es una historia de hace mucho tiempo.

Urashima Taroo no entendía qué sucedía. De repente se acordó del cofrecito. “¿Qué habrá dentro del cofre? Me prohibieron abrirlo pero me han entrado unas ganas tremendas de ver qué contiene” se dijo.

Y Urashima Taroo levantó la tapa del cofrecito.

Y un humo blanco salió del interior.

Y Urashima Taroo se dio cuenta de que tenía los cabellos y la barba completamente blancos.

Y que era un anciano.

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