El precio de los cohombros

Un día en que el emir Moinben-Zaida iba de caza, se encontró con un árabe que volvía del desierto montado en su borrico. Se puso delante de él, y después de las zalemas consiguientes, le preguntó:

- ¿Adónde vas, hermano árabe, y qué llevas envuelto tan cuidadosamente en ese saquito?

El árabe contestó:

- Voy en busca del emir Moinben para llevarle estos cohombros tempranos que ha dado la primera recolección de mis tierras. Como se trata del hombre más generoso que se conoce, estoy seguro que me pagará mis cohombros a un precio digno de su esplendidez.

El emir Moinben, a quien el árabe no había visto hasta entonces, le preguntó:

- ¿Y cuánto esperas que te dé por esos cohombros el emir Moinben?

El árabe contestó:

- ¡Mil dinares de oro, por lo menos!

El emir preguntó:

- ¿Y si te dice que eso es mucho?

El otro contestó:

- ¡No le pediré más que quinientos!

- ¿Y si te dice que es mucho?

- ¡Cincuenta!

- ¿Y si te dice que es mucho?

- ¡Treinta!

- ¿Y si te dice todavía que es mucho?

- ¡0h! ¡Entonces meteré mi borrico en su harem y me daré a la fuga con las manos vacías!

Al oír estas palabras, Moinben se echó a reír y espoleó a su caballo para reunirse con su séquito y entrar en seguida en su palacio, donde dio orden a sus esclavos y a su chambelán para que dejaran entrar al árabe con sus cohombros.

Así es que cuando una hora más tarde llegó el árabe al palacio, el chambelán se apresuró a conducirle a la sala de recepción, donde le esperaba el emir Moinben sentado majestuosamente en medio de la pompa de la corte y rodeado por sus guardias, que ostentaban la espada desnuda en la mano. Y he aquí que el árabe estuvo muy lejos de reconocer en él al jinete que había encontrado en el camino y con el saco de cohombros en las manos esperó, después de las zalemas, a que el emir le interrogara. El emir le preguntó:

- ¿Qué me traes en ese saco, hermano árabe?

 El otro contestó:

- Confiando en la esplendidez de nuestro dueño el emir, le traigo los primeros cohombros tempranos que nacieron en mi campo.

- ¡Qué inspiración tan buena! ¿Y en cuánto estimas mi esplendidez?

- ¡En mil dinares!

- ¡Es mucho!

- ¡En trescientos!

-¡Es mucho!

- ¡En ciento!

-¡Es mucho!

-¡En cincuenta!

- ¡Es mucho!

-¡En treinta, entonces!

- ¡También el mucho!

Entonces exclamó el árabe:

- ¡Por Alah, que fue de mal augurio el encuentro que tuve antes cuando vi en el desierto aquel rostro de brea! ¡No, por Alah, ¡oh emir! no puedo dar mis cohombros en menor de treinta dinares!

Al oír estas palabras, sonrió sin contestar el emir Moinben. Entonces le miró el árabe, y al darse cuenta de que el hombre con quien se encontró en el desierto, no era otro que el propio emir Moinben dijo:

- ¡Por Alah, oh mi amo! haz que traigan los treinta dinares, porque tengo el borrico atado ahí a la puerta!

 A estas palabras, el emir Moinben rompió a reír de tal manera, que se cayó de trasero; e hizo llamar a su intendente y le dijo:

- ¡Es preciso contar inmediatamente mil dinares primero, luego quinientos, luego trescientos, luego ciento, luego cincuenta, y por último, treinta, para dárselos a este hermano árabe con objeto de que se decida a dejar atado donde está a su borrico!

Y el árabe llegó al límite de la estupefacción al recibir mil novecientos ochenta dinares por un saco de cohombros. ¡Tanta era la esplendidez del emir Moinben! ¡Sea por siempre con todos ellos la misericordia de Alah!

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