La Princesa Dea

Recopilado por Henri Gougaud

Hace mucho tiempo, una ciudad soberbia se alzaba en China, entre el mar de Yu y la montaña brumosa. El rey de aquella ciudad era un hombre orgulloso y despótico. Despreciaba a quienes le temían, odiaba a quienes osaban hacerle frente. Era intratable y todos cuantos vivían en el país tenían miedo de su genio. Sólo un hombre parecía no temer al rey: el capitán Leng, que vivía en su castillo de niebla de la montaña brumosa y que de nada sentía miedo. En ocasiones, se le veía descender de las nubes a lomos de su caballo, tan blanco como su extenso manto. Siempre solitario, se acercaba a pasearse, con la mirada soñadora, a las orillas del mar de Yu.
Mas un día, su mirada se iluminó. Vio venir hacia él a una joven tan hermosa que se detuvo, deslumbrado, sobre la arena de la playa. La joven se detuvo igualmente ante él. Se miraron y antes de haber intercambiado una palabra ya se sabían enamorados para siempre.
Ella se llamaba Dea. Su padre era el rey de los ojos negros y las enmarañadas cejas, el tirano de la ciudad. El capitán Leng tendió la mano a Dea. Ella soltó su cabellera y la colocó en su mano extendida. Leng tomó a la enamorada en sus brazos y a la grupa de su caballo blanco se la llevó al castillo de niebla de la montaña brumosa. Cuando el rey se enteró de que su hija había huido con el único hombre de su reino que no temía su cólera, convocó a los siete generales de su ejército y a los tres magos de la corte.

- Id a buscar al capitán Leng a su castillo de niebla -les encomendó-. Decídle que deseo verle. Si no quiere seguiros, por astucia o por la fuerza, procurad convencerle.

Los mensajeros partieron hacia la montaña y tras siete semanas de marcha llegaron al castillo de niebla. Leng, ante su puerta, les recibió amablemente. Ni las presiones ni la astucia hicieron mella alguna sobre él, mas la ternura de su esposa, la princesa Dea, le decidió a ensillar su caballo.

- Quisiera volver a ver a mi padre -le dijo ella-, y deseo que hagas las paces con él.

Descendieron pues a la ciudad, a orillas del mar de Yu. El rey mandó preparar un solemne festín en su honor y la desconfianza del capitán se disipó. Comió y bebió de buen grado, sentado a la derecha del rey y no vio la mano del jorobado acercándose a su copa y vertiendo unos polvos blancos en su vino. Nada más beber un sorbo, el capitán Leng se desplomó sin conocimiento, golpeándose el rostro con la mesa. El rey se puso en pie y dio órdenes tajantes. Su hija, la princesa Dea, fue encerrada en la habitación más alta del palacio. Los tres magos del reino encadenaron a Leng y le arrojaron al mar de Yu pronunciando un terrible encantamiento a fin de que jamás pudiera salir de allí.
Pero al día siguiente, al alba, la nodriza de la princesa abrió la puerta de su habitación sin que nadie se enterase.
- Vete deprisa -le dijo-. Yo moriré por haberte liberado, pero tú vivirás. ¡Adiós!
Dea se fue por los caminos, enajenada, desesperada, pidiendo a quienquiera que encontraba que le ayudase a liberar a su esposo, el capitán Leng. Caminó durante mucho tiempo, días, noches, semanas enteras, suplicando a los hombres y a los árboles, a las piedras y a las nubes, que acudiesen en su ayuda. Por fin un día, un hombre anciano y delgado, sentado a la entrada de su cueva del bosque, le dijo sonriente:
- Tus lamentos me han impresionado. Yo puedo liberar a tu esposo, pues soy el genio de las nubes. Escúchame bien; te entrego estas siete botellas que contienen los siete vientos del mundos Desciende con ellas a la orilla del mar de Yu. Allí las alinearás sobre la playa de cara a las olas y las destaparás. Entonces los siete vientos juntos desencadenarán tal tempestad que el mar se abrirá y Leng podrá reunirse contigo.
La princesa Dea puso sus labios en la arrugada frente del genio de las nubes y se fue llevando en un saco las siete botellas con los siete vientos del mundo. Descendió hacia el mar, consumiéndose en su caminar entre las rocas y en la niebla. Llegada la noche, cayó extenuada y se durmió, como una mendiga, a las puertas de la ciudad de su padre. Un niño que pasaba por allí vio las botellas, las encontró hermosas al resplandor de la luna y destapó una de ellas. Al punto se desencadenó una borrasca tan violenta que se llevó al niño por los aires. Cuando al día siguiente la princesa Dea liberó los vientos embotellados frente al mar de Yu, las olas rugieron y se alzaron hasta el cielo, pero para que el mar se abriera hasta sus más profundos abismos hacía falta el último viento de la última botella vaciada por el inocente niño.
El capitán Leng no se reunió nunca con su amada ni pudo volver a ver su castillo de niebla sobre la montaña brumosa. El genio de las nubes transformó a la princesa Dea en una nube blanca para que no sufriera más entre los hombres. Desde entonces, cuando el cielo palidece, los viejos chinos dicen: " La princesa Dea va en busca de su esposo. Se va a levantar viento". Así termina esta historia.

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