La Princesa Silenciosa

En Constantinopla vivía un sultán con su hijo, heredero del trono. El príncipe se pasaba el día jugando con una pelota de oro. Una vez, rompió con ella un cántaro que una vieja llevaba a la fuente. La anciana, sin protestar, fue en busca de otro cántaro. Esta vez, el príncipe se lo rompió adrede. La vieja fue por otro jarro, y nuevamente se lo rompió el príncipe. Entonces, ella le dijo:

- Permita Alá que te inflames de amor por la Princesa Silenciosa.

Dicho esto, desapareció.

El príncipe se puso enfermo de amor, sin conocer el objeto amado. Por fin, los doctores dictaminaron que debía emprender un viaje para descubrir dónde vivía la Princesa Silenciosa de la que estaba enamorado.

Así lo hicieron. El príncipe salió a recorrer el mundo con el primer ministro, en busca de la Princesa Silenciosa. Pronto se encontraron en la falda de un monte resplandeciente como si hubiera fuego en su interior. Al pie del camino empinado hallaron un simpático viejecito.

- ¿Qué buscáis?

- A la Princesa Silenciosa.

- Vive en este monte. El resplandor que veis emerge de su rostro, a pesar de los siete velos que lo cubren. Pero difícilmente lograréis verla ya que antes es necesario hacerla hablar y muchos príncipes han perecido en la empresa.

El príncipe decidió no retroceder a pesar de estas palabras y, dándole las gracias al viejo, emprendió el camino hacia la cima del monte. Por el trayecto observaron que, en vez de piedras, el monte estaba empedrado de cráneos humanos. Eran de los príncipes que murieron, o así lo estimó el primer ministro, que dijo:

- Estos deben ser de los príncipes que murieron, debemos retroceder o no saldremos con vida.

Pero el príncipe no quería volver atrás. Entonces oyeron un ruiseñor que, con voz armoniosa, dijo:

- Príncipe, eres valeroso y mereces que te ayude. Llévame contigo al palacio de la princesa, ponme debajo de la lámpara y finge que hablas con la luz. Pídele que te cuente un cuento.

El príncipe llegó hasta la habitación de la princesa, que ni se quitó los velos ni contestó al saludo. Entonces, luego de haber colocado disimuladamente al pájaro bajo la lámpara, fingió que hablaba con la luz:

- Como la princesa no puede hablar, hablaré yo contigo. Dime lámpara, ¿sabes algún cuento?

Y el ruiseñor contestó enseguida:

- Pues verás, había una vez un carpintero, un sastre y un estudiante que se cobijaron una noche en el mismo mesón. El mesonero les dijo que únicamente tenía una habitación y los tres tuvieron que dormir juntos. He aquí que el carpintero se despertó a media noche y construyó con fina madera la bella imagen de una doncella y se volvió a dormir. Seguidamente se despertó el sastre que, al ver la figura, le hizo un hermoso vestido y luego se durmió. Al despertarse el estudiante y ver aquella hermosa joven de madera, rogó a Alá que le concediera la vida y que se convirtiera en un mujer de carne y hueso. Al despertarse los tres a la mañana siguiente, empezaron a disputar por el amor de la muchacha. ¿Cuál crees que merecía más el poseerla? Yo creo que el carpintero.

- Yo creo que fue el sastre el que más trabajó – contestó el príncipe.

No pudiendo reprimirse, la princesa terció:

- Estáis locos ¿quién, sino el estudiante que le infundió la vida, puede merecerla?

Al oír la voz de la princesa, el príncipe le arrancó los siete velos y ella, comprendiendo que estaba vencida, accedió a casarse con él. Cuarenta días y cuarenta noches duraron los festejos de la boda.

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