La quijada mágica

Maui caminaba nervioso de un lado a otro por delante de la casa de su madre. A sus hermanos les hubiera gustado poder ayudarle, pero le temían porque era capaz de todo. Desconfiaban de él y preferían mantenerse fuera del alcance de su mal humor. Hasta los perros del poblado pasaban corriendo a su lado, temerosos de recibir una patada. Especialmente cuando el joven se golpeaba los muslos con su enorme maza de jade verde para mostrar su tremenda rabia.

Maui no paraba de caminar y de pensar. Conocía muy bien las fórmulas y los conjuros sagrados. Tenía el poder de cambiar de apariencia: para él, metamorfosearse en un halcón o en un pez era como un juego de niños. Y, sobre todo, poseía una maza de jade digna del más grande de los guerreros. Pero no tenía bastante. Le faltaba un arma. Un arma milagrosa, tan poderosa que con ella pudiera enfrentarse a los demonios y a los malos espíritus que reinaban por doquier.

Con ella podría también domar la Naturaleza, ayudar a los hombres a que dejasen de llevar una vida tan dura y, a buen seguro, provocar la admiración de sus semejantes. En una palabra, comportarse como un verdadero héroe.

Entonces, un ruido le hizo salir de sus pensamientos. Tres mujeres caminaban en fila por un sendero. Salían discretamente del poblado. Cada una llevaba una cesta. Se deducía que era comida caliente por el olor y el vapor que salía de ellas. Por la tarde las vio regresar con las cestas vacías. Y así, durante varios días.

La curiosidad de Maui era enorme.

- ¿A quién lleváis esa comida? -les preguntó, situándose ante ellas para impedirles el paso.

- ¡No podemos decirte nada! -respondieron las mujeres, inquietas por la presencia de Maui -Sólo obedecemos órdenes.

- ¿De quién son esas órdenes? ¡Hablad! ¡Quiero saberlo todo!

- Tu madre podrá decírtelo, Maui. No nos preguntes más.

Maui, impaciente, fue en busca de su madre, Taranga. Era una mujer muy inteligente y sabía perfectamente lo que le preocupaba a su hijo y también cómo solucionar todos sus problemas.

- Escúchame bien, Maui. Esos alimentos son para tu abuela ciega, Muriranga. Cuando la alimentamos está feliz y permanece tranquila. Pero si nos olvidamos de ella, aunque sólo sea una vez, se pone furiosa y, hambrienta, es capaz de comerse cualquier cosa. Ve a verla. La reconocerás por su quijada. Esa es el arma mágica que buscas. Es para ti. En cuanto te presentes ante ella, te la dará.

Al día siguiente, Maui se acercó a las mujeres y les quitó las cestas.

- Dadme la comida. Yo la llevaré - Y tomó el camino hacia el bosque.

Al llegar cerca de una casa, vio a una anciana sentada en el umbral de su puerta. Sin duda era su abuela, la ogresa de inmensa cabeza y enorme quijada.

Maui, como era de esperar, no pudo evitar gastarle una broma. Había tenido la precaución de situarse contra el Viento para que ella no le localizase por el olor. Sin hacer ruido, dejó los cestos detrás de un matorral y se fue. Los siguientes días volvió a hacerlo mismo. Muriranga empezó a sospechar lo peor. No hacía más que olfatear y olfatear. Acabó por desesperarse. Tenía el estómago vacío y era capaz de zamparse a Maui si éste cometía el error de acercarse a ella. Daba vueltas y más vueltas olfateándolo todo: hacia el sur, hacia el este, hacia el norte. ¡Nada, no le llegaba ningún olor a humano!

Por fin, al volver su enorme cara hacia el oeste, las aletas de su nariz temblaron. Y rugió:

- ¡Aquí hay un hombre, y está muy cerca!

Maui carraspeó pero no dijo nada. La abuela entonces comprendió que se trataba de uno de sus nietos, seguramente el más travieso de todos. En ese momento su estómago dejó de quejarse. Maui se había salvado.

-¡Eras tú! -bramó.

Él le contestó cariñosamente:

-Sí, abuela.

- ¿Y te diviertes así, mofándote de tu abuela? ¿Te parece bien que yo lleve días muriéndome de hambre mientras tú escondes mi comida?

- Abuela -suplicó Maui-: necesito tu quijada con sus poderes mágicos.

La anciana parpadeó con sus ojos ciegos. Y reconoció en su descendiente al merecedor de la preciosa arma que portaba en su boca. Sabía que él podría hacer un buen uso de ella.

- Quédatela, Maui. Para ti la he guardado.

Y diciendo estas palabras, Muriranga se quitó la mandíbula y se la dio a Maui.

Maui se sintió el hombre más feliz del mundo. No dejaba de observar el magnífico regalo de su abuela. Y, admirando aquella quijada cargada de mana, el poder de sus antepasados, comenzó a pensar en todas las hazañas que podría hacer con ella y en la gloria que alcanzaría.

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