Las siete hermanas

Una familia de la tribu herero vivía la vida de los nómadas. Su ganado pacía y se iban en busca de otros pastos cuando ya no quedaba hierba alrededor del campamento. Un día que habían cambiado de emplazamiento, construido otras chozas y ya estaban instalados, la hija más joven, Sahavanda, se acordó de repente que había olvidado su collar de cobre en el antiguo campamento. 

- Volveré a buscarlo -dijo, y sus hermanas quisieron acompañarla. 

Entonces las siete hermanas volvieron al antiguo campamento. Al llegar, lo encontraron ocupado por gente de la tribu damara, que capturaron a las jóvenes, diciéndoles: 

- Os quedaréis con nosotros y seréis nuestras esposas. 

- Yo elijo a ésta -dijo el jefe señalando a la mayor de las siete. 

Se llamaba Snihova y era la más bella. 

Las hermanas gritaron y suplicaron a los damara que las dejaran marchar, pero no les hicieron caso y las metieron en una de las chozas, poniendo a un anciano a la puerta para que las vigilara. 

Al día siguiente los damaras se fueron a cazar y dejaron solas a las siete hermanas y al anciano. 

- Si me duermo, no huyáis -dijo éste-. Voy a tumbarme delante de la puerta. Si ronco un poco, quiere decir que dormito simplemente, pero si ronco fuerte quiere decir que duermo profundamente. 

Era lo que las muchachas querían saber. Y esperaron a que el anciano se durmiera. Pronto se puso a roncar suavemente, y después de un momento los ronquidos se hicieron más fuertes. Con el mayor sigilo posible, las hermanas se deslizaron al exterior de puntillas y corrieron por el sendero que salía del campamento, deteniéndose solamente el tiempo necesario para cubrirse la cara de ceniza para que nadie las reconociera. 

Corrieron, corrieron y corrieron hasta que se encontraron en medio de unas rocas muy altas; allí, Sahavanda, la más joven, dijo: 

- No puedo correr más; me quedo aquí. 

- Debemos continuar -dijo Snihova, la mayor--. Probablemente los damaras ya han descubierto que nos hemos ido y seguro que nos estarán pisando los talones. 

- Prefiero casarme con uno de ellos que morir aquí entre estas horribles rocas - gritó Sahavanda, y se sentó en el suelo. 

Snihova se acercó a uno de las rocas, que parecía una choza, y, dándole unos golpecitos, exclamó: 

--¡Abrete, oh roca, ábrete! 

Apenas había dicho estas palabras, cuando la roca se abrió. Las siete hermanas entraron y la roca se cerró de nuevo tras ellas. Todas las hermanas estaban muy contentas por haber encontrado tan buen escondite, menos Sahavanda. 

- ¡Es una roca espantosa! - dijo- No puedo realizar un movimiento sin hacerme daño contra la piedra. 

- Deja de quejarte y ponte contenta por haber encontrado un escondite donde los damaras jamás nos encontrarán - dijo Snihova, la mayor de las siete, pero Sahavanda siguió refunfuñando. 

En ese mismo instante oyeron ruido de voces. 

Eran los damaras. Al volver de la cacería descubrieron la huida de las muchachas, fueron en su persecución y llegaron ante la roca, allí donde terminaba el sendero. 

- Es extraño --dijeron mirando a su alrededor- ¿Por dónde han podido pasar? 

En ese momento Snihova cambió de postura y la campanita que le colgaba del cuello tintineó. 

- ¿Qué ha sido eso? -gritó un damara-. Se parecía al tintineo de una campana; ¿o era un pájaro? 

- ¡Quién sabe lo que era! -dijo el jefe-. Volvamos. 

Y los damaras se fueron. 

Las muchachas esperaron un poco por si los damaras volvían y Snihova dio unos golpecitos en la roca, llamando: 

-¡Abrete, oh roca, ábrete! 

La roca se abrió y las hermanas salieron una tras otra. Pero en el momento en que Sahavanda, que era la última, llegaba a la salida, la roca volvió a cerrarse de repente y la aprisionó en su interior. 

Las demás suplicaron en vano a la roca que la dejara salir. Sahavanda lloró y suplicó y pidió perdón por haber dicho cosas malas de ella. La roca no se movió. 

Tristemente, las hermanas volvieron a casa. Es verdad que habían escapado de los damaras, pero habían perdido a Sahavanda. 

Poco después, un león se acercó a la roca y llamó con un rugido. 

-¡Abrete, oh roca, ábrete! 

La roca se abrió y Sahavanda salió rápidamente. Pero su dicha fue breve, porque cuando el león la vio, sin pensarlo dos veces, la cogió y se la comió.

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