La leyenda de Sudama

Sudama era un hombre muy pobre que vivía con su esposa en una modesta casa. Él era bueno y laborioso, pero nunca tenía dinero suficiente para atender sus necesidades. Un día, su mujer se le acercó y le dijo:

- ¿Cómo es posible que sigamos viviendo tan pobremente? Sudama, a nosotros nos falta comida, mientras que tu gran amigo Krishna vive en la abundancia. ¡Apúrate, ve hasta él a pedir su ayuda!

- ¿Qué dices? ¿De dónde sacaría yo valor para hacer algo así? ¡Krishna ni siquiera debe acordarse de mí!

Ante la insistencia de su esposa, Sudama al fin decidió acudir a su amigo Krishna. Lleno de vergüenza, se puso su mejor vestido, juntó todo el arroz que pudo y salió hacia la ciudad. Llevaba consigo apenas unos puñados de arroz.

Krishna se había convertido en rey y vivía en un palacio majestuoso. Sus paredes eran altas y fuertes; su interior era de piedra labrada. Sus muebles habían sido hechos con las maderas más finas de toda la India. Docenas de sirvientes lo atendían.

Tímidamente, Sudama entró al palacio. Se dio cuenta de que la tela de su vestido era burda y simple, comparada con las cortinas de los ventanales. ¡Y qué decir de la corte! Allí todos parecían reyes. Poco a poco se abrió paso hasta la sala del trono, en donde estaba sentado su amigo. Notó que a sus pies había toda clase de obsequios, unos de oro y piedras preciosas, otros todavía guardados en cofres lujosos. ¿Cómo iba él a entregarle el poquísimo arroz que le traía de regalo? Sudama empezó a retroceder, con ganas de huir de allí inmediatamente. Pero entonces, Krishna se levantó de su trono y apuntó su dedo índice hacia él.

- ¿Sudama? – gritó - ¿Es posible que seas tú?

Sudama se quedó quieto y quiso desaparecer. Toda la corte le dirigía la mirada. El rey volvió a hablar:

- ¡Sudama, por supuesto que eres tú! ¡Camaradas, celebremos la llegada de mi queridísimo amigo de infancia, el buen Sudama!

Sudama se había equivocado. Krishna lo recordaba muy bien, pues habían sido mejores amigos cuando niños.

Diciendo esto, Krishna lo abrazó, le presentó a toda la corte y le llevó a dar un paseo por el palacio. Sudama estaba sorprendido y muy agradecido con Krishna. De repente, Krishna se detuvo y le preguntó a su amigo con curiosidad:

- Sudama, tú sabes que todo aquel que visita a un rey debe llevarle un regalo. ¿Qué me has traído tú?

Sudama creyó que éste sería el fin de su amistad. Sintiendo gran pena, le ofreció los puñados de arroz que traía. Krishna sonrió. Hizo cocinar el arroz de inmediato, lo comió con mucho gusto y dijo que era el plato más exquisito que jamás hubiera probado. Los dos amigos hicieron una gran fiesta esa noche.

Durante varios días, Krishna trató a Sudama no sólo con el cariño con el que un amigo trata a otro amigo, sino con el respeto con el que un rey trata a otro rey. Mandó a hacer para él hermosos vestidos y lo alojó en la mejor habitación del palacio. Pasaron largas tardes juntos, recordando sus días de infancia. En su estadía en el palacio de Krishna, Sudama fue feliz como nunca antes.

Sólo una preocupación nublaba su dicha: el regreso a casa. Sabía que su esposa estaría enfurecida si descubría que él no había tenido el coraje de pedirle ayuda al rey. Varias veces trató, pero no se atrevía. Sentía que las atenciones de Krishna ya eran demasiado para él. Cuando por fin llegó el día de su partida, el rey lo despidió con grandes honores, suplicándole que volviera pronto.

A Sudama le pareció más largo que nunca el camino de regreso a casa. Caminó mirando al piso. Pensó que su mujer moría de hambre por culpa de su timidez. Se lamentó y lloró durante el viaje.

Cuando ya se acercaba a su destino, vio que detrás de la loma se asomaba una gran cúpula dorada. Siguió caminando y, a medida que lo hacía, fue apareciendo, bajo la cúpula un enorme palacio, muy cerca del lugar donde recordaba que quedaba su casa. Llegó al portón del palacio, que estaba vigilado por muchos guardias. Parecía el lugar exacto en donde vivía antes. Pensó que debía de haberse equivocado en algún cruce de caminos, y estaba a punto de irse cuando vio que desde el balcón una mujer gritaba:

- ¡Esposo mío, ven aquí! ¡Guardias, ábranle la puerta al dueño de casa!

Sudama entendió entonces que su amigo le había cambiado la vida en secreto.

En el palacio que les regaló Krishna, rodeados de riquezas Sudama y su esposa vivieron felices para siempre. A menudo invitaban a Krishna a que se quedara con ellos. Y no sólo a él, sino a todas las personas que quisieran. Y siempre trataron a sus huéspedes con la generosidad y la humildad que aprendieron de Krishna.

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