El tambor mágico

Un viejo matrimonio tenía una hija que no quería casarse. No porque le faltasen pretendientes; hombres jóvenes que eran buenos cazadores habían llegado desde muy lejos para tomarla por esposa. Pero ella había rechazado todas las propuestas. Había dicho no a todos. Es decir, a todos menos a los dos últimos hermanos que habían ido. Estos hermanos llegaron con las mismas intenciones que los demás. Al entrar en el iglú la chica los tomó por hombres iguales a sus antecesores. Sin embargo, aunque no habían dicho ni hecho nada extraordinario, la chica se sintió atraída por ellos.

Salió con ellos del iglú. Apenas estuvieron fuera, los dos hermanos volvieron a vestirse las pieles que habían dejado a la puerta.

Entonces la joven los reconoció como lo que eran, osos blancos.

Se la llevaron por el hielo y la obligaron a bajar al agua por un agujero. Durante algún tiempo la arrastraron por el agua, y no la dejaron hasta que los osos llegaron a otra abertura por la que desaparecieron.

Abandonada, la chica se hundió en el océano. Cuando sus pies tocaron fondo, pudo mirar a su alrededor. Un lado del océano parecía más oscuro, el lado opuesto más claro. Pensó que el lado oscuro debía estar hacia el norte, de modo que empezó a andar hacia el sur, donde la luz era más brillante.

Mientras andaba la rodearon diminutos animales marinos. Le mordieron el cuerpo, arrancando tiras de carne. Poco a poco su cuerpo fue devorado. Finalmente sólo le quedaron los huesos. Luego vio una zona extraordinariamente luminosa, lo que le hizo pensar que estaba a punto de encontrar un sitio por donde podría subir a tierra. No era sino un esqueleto, pero avanzó decididamente hacia la luz. Encontró una grieta en el hielo y pudo subir a la superficie helada. Habiendo llegado hasta aquí, empezó a reflexionar sobre su pasado, en su imaginación vio a sus padres, con su despensa bien llena y se preguntó a sí misma qué podría hacer para tener lo mismo. Mientras meditaba este problema, tomó un montón de nieve e hizo un pequeño iglú, un iglú que se parecía al de su padre. También construyó una pequeña plataforma para almacenar cosas.

Cuando hubo terminado, pensó en voz alta:

- No tengo nada caliente en que dormir, necesito un saco de dormir y algunas pieles - Pensando esto, se durmió.

Al despertar, la mujer se quedó sorprendida al ver un iglú grande, exactamente como el de su padre, enfrente del suyo. Cerca de él yacía un caribú recién muerto. ¡Sus sueños se habían realizado! Secó el pellejo del caribú y se hizo un saco de dormir. Preparó la carne para almacenarla en la plataforma.

Desde entonces, todas las noches antes de irse a dormir, pensaba en lo que necesitaba, sabiendo que, al despertar al día siguiente, todo estaría dispuesto. De esta manera pronto tuvo cuanto le hacía falta, excepto su propia carne. Lo que habían comido los animales marinos no se podía reponer. Siguió siendo un esqueleto andante.

Cada día pasaba largos períodos de tiempo en el hielo. Una de esas veces vio cazadores bajando al hielo del mar para cazar focas. La joven quería encontrarse con esta gente y hablarles. Pero cuando se acercó a ellos, los cazadores huyeron atemorizados. Decepcionada, la chica vio cómo desaparecían en la distancia. Luego volvió a su iglú pensando: «Me hubiera gustado encontrarme con ellos, pero los asusté. Soy yo quien evitó que vinieran. No soy más que un esqueleto, y mis huesos castañetean al andar. Sin duda tuvieron miedo; por eso corrían.» Estaba triste y empezó a atormentarse por haber sido incapaz de acercarse a los cazadores.

El padre de estos cazadores era un viejo, y cuando sus hijos se fueron a cazar al mar le habían dejado atrás. Le habían hecho quedarse en su iglú; ya no era capaz de cazar y no podía buscarse nada que comer. Cuando volvieron los hijos le dijeron a su padre:

- Ayer vimos una mujer que no era más que un esqueleto. Vino hacia nosotros, pero tuvimos miedo. Huimos y no la volvimos a ver.

- Ah, bueno -respondió el viejo-, yo ya no voy a vivir mucho tiempo. Iré a verla mañana.

A la mañana siguiente el viejo fue a buscar a la chica y la encontró sentada a la entrada de su iglú. Ella no avanzó hacia el viejo, pero cuando éste llegó le invitó a entrar en el iglú. El interior estaba iluminado con la luz de las lámparas de grasa de foca. Comieron y se fueron a dormir.

Al llegar la mañana, la chica que había quedado reducida a un esqueleto habló al viejo que ya no podía cazar.

- Hazme un tambor -dijo-. Hazme un tambor muy pequeño.

El viejo se puso a trabajar inmediatamente para satisfacer su deseo. Cuando terminó, le dio el instrumento. La joven apagó las lámparas, tomó el tambor y empezó a bailar. Mientras tocaba el tambor, con una vara repetía un conjuro mágico. El tambor se hacía más grande y el sonido del toque se hinchaba y parecía llenar el aire.

La danza terminó, se encendieron de nuevo las lámparas y el viejo pudo ver de nuevo a la chica. Para asombro suyo, el esqueleto había desaparecido; en su lugar apareció delante de él una chica joven y guapa, vestida con ropas magníficas.

La chica tomó otra vez el tambor, apagó las lámparas y empezó a bailar. Al cabo de un rato, preguntó a su visitante:

- ¿Te encuentras bien?

Cuando él le respondió afirmativamente, volvió a encender las lámparas. Ya no era un hombre viejo quien apareció ante ella, sino un apuesto joven. El ritmo mágico del tambor le había devuelto la juventud.

Así es como la chica, que no quería casarse y había sido comida por los animales del mar, encontró un marido.

Cuando regresaron junto a la familia del viejo, nadie les reconoció. Sus propios hijos dijeron:

- Nuestro padre, que es muy viejo, se ha marchado al norte hacia el mar y no ha vuelto.

- Yo soy vuestro padre -replicó el hombre - Yo fui viejo y esta mujer no era sino un esqueleto. Sin embargo, los dos nos hemos vuelto jóvenes y guapos y ahora ella es mi mujer.

Y así es como fueron las cosas.

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