Traje de algas

Recopilado por Italo Calvino

Un rey hizo pregonar en las plazas que le daría una fortuna a quien le trajese a su hija desaparecida. Pero el pregón no tuvo efecto alguno porque nadie sabía adónde había ido a parar esta muchacha: una noche la habían raptado, y ya no quedaba lugar en la Tierra sin registrar.

A un capitán se le ocurrió que si no se la encontraba en tierra, podría encontrársela en el mar, y armó una nave con el propósito de salir en su búsqueda. Pero cuando quiso reclutar la tripulación, no encontró marineros. Nadie quería lanzarse a un viaje peligroso que quién sabe cuándo terminaría.

El capitán esperaba en el muelle y nadie se acercaba a la nave. Nadie se atrevía a subir primero. En el muelle también se encontraba Baciccin Tribordo, quien tenía fama de borracho y vagabundo. Nadie quería llevarlo a bordo.

- Dime - le dijo el capitán -, ¿quieres venir a bordo?

- Claro que sí.

- Arriba entonces.

Y Baciccin Tribordo fue el primero en subir. Así también los demás se armaron de valor y subieron a la nave.

En la nave, Baciccin Tribordo se pasaba el día con las manos en los bolsillos, añorando las tabernas, y todos murmuraban contra él, porque no se sabía cuando terminaría el viaje, los víveres eran escasos y tenían que soportar un holgazán a bordo. El capitán decidió quitárselo de encima.

- ¿Ves ese islote? - le dijo, señalándole un arrecife en medio del mar-. Baja a la chalupa y ve a explorarlo. Nosotros daremos la vuelta.

Baciccin Tribordo bajó a la chalupa y la nave se alejó a toda vela, dejándolo solo en medio del mar. Baciccin se acercó al arrecife. En el arrecife había una caverna y Baciccin se internó en ella. En el fondo de la caverna había una hermosa muchacha maniatada, y era la hija del rey.

- ¿Cómo hiciste para encontrarme? - le preguntó a Biciccin Tribordo -.

- Estaba pescando pulpos. - dijo Baciccin.

- El que me raptó y me tiene prisionera es un pulpo enorme. - dijo la hija del rey. - ¡Huid antes de que vuelva! Pero debeis saber que este pulpo, tres horas al día, se transforma en salmonete y entonces es fácil de pescar, aunque hay que matarlo en el acto, porque sino se transforma en gaviota y sale volando.

Baciccin Tribordo se ocultó en el arrecife con su barca. El pulpo salió del mar; era enorme y podía rodear la isla con cada uno de sus tentáculos. Le temblaban todas las ventosas, porque se había enterado de que había un hombre en el arrecife. Pero llegó la hora en que debía transformarse en pez, y súbitamente se convirtió en salmonete y desapareció en el mar. Entonces Baciccin Tribordo echó las redes y cada vez que las sacaba encontraba mújoles, esturiones, dentones, y al fin también apareció, palpitante, el salmonete. En el acto Baciccin alzó el remo para matarlo de un golpe, pero en vez del salmonete golpeó la gaviota, que se escapó volando de la red. El salmonete había desaparecido. La gaviota no podía volar porque el remo le había partido un ala, de modo que volvió a transformarse en pulpo, pero tenía los tentáculos cubiertos de heridas y rezumaba sangre negra. Baciccin se lanzó sobre él y lo remató a golpes de remo. La hija del rey le dio un anillo con un diamante, en señal de perpetua gratitud.

- Ven que te llevo con tu padre - le dijo Baciccin, y la hizo subir a la barca. Pero la barca era pequeña, y estaban en el medio del mar. Remaron y remaron hasta divisar una nave. Baciccin, con un remo, enarboló el vestido de la hija del rey. Desde la nave los vieron y los llevaron a bordo. Era la misma nave que había abandonado a Baciccin. Al verlo regresar con la hija del rey, dijo el capitán:

- ¡Pobre Baciccin Tribordo! ¡Y nosotros que te creíamos perdido! ¡Nos cansamos de buscarte! ¡Y encontraste a la hija del rey! ¡Bebamos! ¡Festejemos tu victoria!

Baciccin Tribordo no podía creerlo, tanto hacía que no probaba una gota de vino.

Ya estaban casi a la vista del puerto del que habían partido. El capitán le dio de beber a Baciccin, que bebió y se emborrachó hasta quedarse dormido. Entonces el capitán le dijo a la hija del rey:

- ¡No iréis a decirle a vuestro padre que os liberó ese borrachín! Debéis decirle que os liberé yo, que soy el capitán del barco; ése es uno de mis hombres, quien hizo lo que hizo porque yo se lo mandé.

La hija del rey no dijo ni que sí ni que no.

- Yo sé lo que debo decir - respondió.

Entonces el capitán pensó en acabar con Baciccin Tribordo de una vez por todas. Esa misma noche, ebrio como estaba, lo cogieron y lo arrojaron al mar. Al alba la nave llegó a la vista del puerto; con las banderas hicieron señas de que traían sana y salva a la hija del rey. Sobre el muelle había una banda y estaba el rey con toda la corte.

Se concertaron las bodas de la hija del rey con el capitán. El día de la boda, en el puerto, los marineros vieron salir del agua a un hombre cubierto de algas verdes de la cabeza a los pies, con peces y cangrejos en los bolsillos, y entre los jirones de la ropa. Era Baciccin Tribordo. Éste subió a tierra, con el traje de algas que le cubría la cabeza y el cuerpo y se arrastraba por el suelo, y caminó por la ciudad. Justo en ese momento pasaba el cortejo nupcial, que de pronto se topó con este hombre con su verde traje de algas y el cortejo se detuvo.

- ¿Quién es éste? - preguntó el rey -. ¡Arrestadlo!

Los guardias se adelantaron, pero Baciccin Tribordo alzó una mano y el diamante del anillo relumbró al sol.

- ¡El anillo de mi hija! - dijo el rey.

- Sí, este es mi salvador - dijo la hija -, y este es mi esposo.

Baciccin Tribordo refirió su historia y el capitán fue arrestado. Así como estaba, con su verde traje de algas, se puso junto a la novia vestida de blanco y se unió con ella en matrimonio.

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