¡Y siete!

Recopilado por Italo Calvino

Había una mujer que tenía una hija grande y rolliza, tan comilona que cuando la madre le servía la sopa ella tomaba un plato, tomaba un segundo, tomaba un tercero y aún pedía más. La madre le llenaba el plato y ella decía:

- ¡Y tres…! ¡Y cuatro…! ¡Y cinco!

Cuando la hija le pedía el séptimo plato de sopa, la madre en vez de llenarle el plato le daba un bastonazo en la cabeza, gritando:

- ¡Y siete!

Un día, pasaba por allí un joven bien vestido y vio por la ventana cómo la madre golpeaba a la hija. Como esa hermosa joven, tan grande y rolliza, le gustó en el acto, entró y preguntó:

- ¿Siete qué?

A la madre le daba vergüenza tener una hija tan comilona, así que dijo:

- ¡Siete husos de cáñamo! Tengo una hija tan loca por el trabajo que se pondría junto a las ovejas para hilar lana. Figúrese que esta mañana ya ha hilado siete husos de cáñamo y con eso no le basta. ¡Tengo que pegarle para que deje de trabajar!

- Si es así, déjela conmigo – dijo el joven – Probaré lo que usted dice, y si es cierto me casaré con ella.

La llevó a su casa y la encerró en un cuarto lleno de cáñamo para hilar.

- Yo soy capitán de un barco, y debo salir de viaje – le dijo – Si a mi regreso has hilado todo este cáñamo, me casaré contigo.

En esa misma habitación vio también la joven hermosos vestidos y joyas. El capitán era un hombre muy rico.

- Cuando seas mi mujer, todos estos bienes serán tuyos – dijo, y después se marchó.

La muchacha se pasaba los días de ausencia del joven probándose vestidos y joyas, mirándose al espejo y haciéndose preparar la comida por las sirvientas. El cáñamo, ni lo tocaba. Pasó el tiempo, y llegó el día anterior al del regresó del capitán. La muchacha pensó que jamás podría ser su esposa y se puso a llorar desconsoladamente. Mientras lloraba, voló por la ventana un bulto de trapo y cayó en el cuarto. El bulto de trapo se puso de pie, y era una vieja de largas pestañas. La vieja le dijo:

- No temas, he venido para ayudarte. Yo hilo y tú haces la madeja.

Jamás se había visto una hilandera más rápida que la vieja: en un cuarto de hora estuvo todo listo. Cuanto más hilaba, más largas se le volvían las pestañas, más largas que la nariz y que la cara, y con ellas se alargaron los párpados. Cuando terminaron el trabajo, la muchacha le dijo:

- ¿Cómo puedo recompensarte, buena mujer?

- No quiero recompensas, me basta con que me invites al festín de bodas cuando te cases con el capitán.

- ¿Y cómo haré para invitarte?

- Basta que me llames: ¡Columbina! Y yo vendré. Pero ¡ay de ti si te olvidas de mi nombre! Será como si no te hubiese ayudado, y estarás perdida.

Al día siguiente llegó el capitán y encontró el cáñamo hilado por completo.

- Muy bien – dijo – Creo que de veras eres la esposa que yo quería. Mira las joyas y los vestidos que compré para ti. Pero ahora debo partir a hacer otro viaje. Haremos una segunda prueba. Aquí tienes una carga de cáñamo que es el doble de la anterior. Si a mi regreso has hilado todo este cáñamo, me casaré contigo.

La muchacha, como había hecho anteriormente, se pasó los días probándose los vestidos y las joyas, comiendo sopa y lasaña, y llegó el último día sin que hubiese iniciado la tarea. Nuevamente, se puso a llorar, pero entonces oyó algo caer por la campana de la chimenea. Un bulto de trapo entró rodando al cuarto. El bulto de trapo se puso de pie, y era una vieja con los labios colgando. También ésta la prometió su ayuda y se puso a hilar. Era más rápida que la otra y cuanto más hilaba, más se le alargaban los labios. Al terminar de hilar el cáñamo, la vieja no pidió otra cosa que ser invitada al banquete de bodas.

- Basta que me llames: ¡Columbara! Y yo vendré. Pero no te olvides de mi nombre, pues mi ayuda será inútil y ¡ay de ti!

Volvió el capitán al día siguiente, y preguntó desde la calle:

- ¿Lo has hilado todo?

- ¡Pues claro, y hace rato! – le respondió la muchacha.

- Toma estos vestidos y estas joyas. Esta vez, si a mi regreso has hilado esta tercera carga de cáñamo, mayor que las dos anteriores, te prometo que celebraremos las bodas enseguida.

También esta vez, como de costumbre, cuando llegó el último día sin que la muchacha hubiese hilado siquiera un ovillo, cayó un bulto de trapo de la canaleta y era una vieja de largos dientes. Se puso a hilar rápidamente, y cuanto más hilaba, más le crecían los dientes.

- Para invitarme a tu banquete de bodas debes gritar: ¡Columbún! Más si te olvidas de mi nombre, mejor sería que no me hubieses visto jamás.

Cuando el capitán llegó y vio que el cáñamo estaba listo, quedó muy satisfecho.

- Bien – dijo – entonces serás mi mujer.

Y comenzó a dar órdenes para la ceremonia, e invitó a todos los señores de la comarca. La mujer, entusiasmada con los preparativos de la boda, no volvió a pensar en las tres viejas. En la mañana de bodas, se acordó de que tenía que invitarlas, pero cuando quiso pronunciar sus nombres se dio cuenta de que se le habían borrado de la mente. Se puso a pensar, se devanó los sesos, pero no había modo de recordarlos.

Perdió la alegría, y cayó en una honda tristeza. El capitán se dio cuenta y le preguntó qué le pasaba, pero ella no dijo nada. Como no lograba explicarse esa melancolía, el novio pensó: “Quizás no sea el día adecuado” y postergó la boda para el día siguiente.

El día siguiente fue peor todavía, y mejor no hablar de los que siguieron; cuantos más días pasaban, más triste y callada estaba la novia. Tenía el ceño arrugado como si se esforzara por concentrarse en un pensamiento. Él intentaba hacerla reír, le gastaba bromas, le contaba historias, pero no había caso.

El capitán, ya que no podía consolarla a ella, buscó consuelo para él y una mañana salió de caza. En el bosque lo sorprendió un temporal y se refugió en una cabaña. Estaba allí, en medio de la oscuridad, cuando oyó unas voces:

- ¡Eh, Columbina!

- ¡Eh, Columbara!

- ¡Eh, Columbún!

- ¡Preparad la marmita para hacer la polenta, esta maldita novia no nos invita a su banquete!

El capitán se volvió y vio a tres viejas: una con las pestañas colgándole hasta el suelo, otra con los labios que le llegaban a los pies, y una tercera con dientes raspándole las rodillas. “Espera un poco” pensó “Ahora sé qué contarle para que se ría. ¡Si no se ríe con lo que acabo de ver, no se reirá jamás!”

Volvió a casa y le dijo a la joven:

- Préstame atención: hoy estaba en el bosque y entré en una cabaña para resguardarme de la lluvia. ¿Y qué veo al entrar? Tres viejas: una con las pestañas colgándole hasta el suelo, otra con los labios que le llegaban a los pies, y una tercera con dientes raspándole las rodillas. Sus nombres eran: ¡Eh, Columbina! ¡Eh, Columbara! Y ¡Eh, Columbún!

A la mujer se le iluminó el rostro de inmediato, lanzó una interminable carcajada y dijo:

- Ordena prontamente el festín de bodas; pero pido una gracia: dado que estas tres viejas me han hecho reír tanto, deja que las invite.

Así se hizo. Para las tres viejas se dispuso una mesa redonda aparte, tan pequeña, que entre las pestañas de una, los labios de la otra y los dientes de la tercera, ya no se veía nada.

Terminado el banquete, el esposo le preguntó a Columbina:

- Pero dime, buena mujer, ¿cómo tienes las pestañas tan largas?

- Por haber aguzado tanto los ojos para enhebrar el hilo – le respondió.

- Y tú, ¿cómo tienes los labios tan largos?

- De tanto mojar el dedo para humedecer el hilo – contestó Columbara.

- Y tú ¿cómo tienes los dientes tan largos?

- A fuerza de morder tanto el nudo del hilo – dijo Columbún.

- Comprendo – contestó el esposo, y le dijo a su mujer – tráeme un huso.

Cuando ella se lo trajo, él lo arrojó al fuego de la chimenea.

- ¡Tú no hilarás más en toda tu vida!

Así, la esposa grande y rolliza vivió feliz y contenta a partir de ese día.

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